Catetismo
Carmen Merino
[Canarias7, 26 de julio de 2006]
No tendría por qué ser así necesariamente, pero las más de las veces nacionalismo rima con catetismo. Para muestra, el último botón, que se ha desprendido de la chaqueta catalana quién sabe si a fuerza de apretar el bolsillo donde sona la bolsa. Tiene como protagonistas al PSC y a CiU, enredados en una feroz competencia por la ocupación del catalanismo que empieza a tomar tonalidades patéticas. El portavoz socialista, Miquel Iceta, ha reprochado a Artur Mas el haberse cambiado el nombre, originalmente Arturo, sólo después de haber cobrado su primer sueldo de la Generalitat, donde, como recordarán, ocupó el cargo de conseller en cap en la última etapa de Jordi Pujol como president.
Si lo de Iceta es penoso, no alcanzo a calificar el hecho de que Arturo Mas haya catalanizado su nombre. Pero sí sé por qué lo ha hecho, si es que lo hizo. Y eso es lo patético. Porque el que no sucumbe al nacionalismo cuando éste ejerce una fuerte presión en el medio ambiente político por puro catetismo, lo hace por miedo, por intereses legítimos o tal vez espurios o por el siempre terrible sentido práctico.
Cuando el debate político se centra en la procedencia de unos y otros y su nivel de RH nacionalista en sangre –«Sea prudente a la hora de dar lecciones por un título (el de catalanista) que no tiene», le dijo ayer Iceta a Mas–, se puede dar todo por perdido. Eso termina por convertirse en una herida siempre sangrante por donde se escapa buena parte de las fuerzas vitales que bien pudieran dirigirse a tareas más provechosas para el interés económico y social. Por eso será que Madrid tiene puesto el turbo, porque no pierde un minuto en examinar lengua, apellido y pasado histórico de su cuenta de resultados.
Y no se engañen los catalanes con el supuesto desconocimiento de todo aquel que es genéticamente ajeno al respecto de la denominada cuestión catalana. Es muy posible que los árboles de la diferencia que con tanto ahínco riegan les impida ver un bosque que, a ojos de extraños, se muestra en ocasiones con todo su patetismo.
Afortunadamente, los nacionalistas canarios han aparcado la tentación excluyente que les animó en un principio y que aún late tal vez de forma inconsciente en muchos de sus planteamientos. Probablemente se encuentra sólo estratégicamente a cubierto ante la certidumbre –sentido práctico– de que para volver a crecer electoralmente, o retroceder menos, es preciso también ganarse el favor de los muchos residentes y trabajadores en las islas que proceden de otros lugares.
Pero el catetismo del nacionalismo canario se observa con toda crudeza en los penosos intentos de algunos por elaborar una ideología de nueva planta sobre cimientos prefabricados prácticamente al momento. Diferentes sin ninguna duda, pero en ningún caso necesariamente nacionalistas.
Pedro G
11:05 am · 27 Julio 2006
El artículo describe perfectamente la estúpida carrera de los nacionalistas para ver quién es más de los nuestros, para ver quién es capaz de descubrir una nueva diferencia que nos pueda separar de los otros. Como decía Savater, “La enfermedad española: el nacionalismo”.