Jueves, 5 de Octubre de 2006

En busca de la bandera azul

Graco Martín

Después de publicar, el 20 de julio el artículo en este mismo medio, “¿Dónde esta la bandera azul?“, pensé que me había dejado algunas cosas en el tintero y por eso ahora vuelvo sobre el tema. En el texto mencionado hacía hincapié en la falta de preocupación del Ayuntamiento de Tías sobre nuestras playas.

Sí se consideran, sin embargo, buenas para hacer negocio, incluso aunque molesten a los bañistas. Me refiero a que esta temporada se ha permitido que entre hasta la orilla una lancha a motor para recoger a los que, montados en un chorizo hinchable, son arrastrados por ella, en una especie de esquí náutico.

Ésta era una atracción que se hacía desde el muellito; este año, también se hace desde la Playa Grande. No se ha tenido en cuenta el peligro o la intranquilidad que supone para los que están bañándose oír el motor de la lancha acercándose. Pero lo peor es el olor a gasolina que deja impregnada la playa.

Echo de menos el tractorcito que hace unos años pasaba cribando la playa y se llevaba parte de las colillas. Es impresionante la cantidad de ellas que tienes que apartar cuando remueves la tierra para hacer un castillo de arena con el niño. Pero no podemos culpar al Ayuntamiento por esos castillos de colillas, sino a los propios bañistas. Éste es un problema que no se solucionará hasta que cada uno no baje a la playa con su propio cenicero o tarro donde volver a llevarse sus colillas.

Tampoco podemos echar la culpa al Ayuntamiento por las bolsas de plástico que corren a sus anchas por la playa arrastradas por el viento. Los barrenderos pueden recoger algunas antes de que terminen en el mar, pero lo verdaderamente efectivo sería que las amarráramos bien para que no se nos escaparan; lo mismo podríamos decir de los flotadores y colchones hinchables, que como delfines saltarines surcan nuestro mar.

El que nada con gafas de buceo tiene la desgracia de ver el fondo lleno de desperdicios, no sólo inundado con las mencionadas bolsas de basura, sino con todo tipo de ropa: calcetines, camisetas, calzones. Se descubren innumerables toallitas higiénicas, latas, botellas de plástico, envoltorios de helados. Algunos días puedes intentar leer un As desmenuzado, recomponiendo los trozos, y enterarte de la lesión de Eto. Insisto, en todo esto, el guarro no es el Ayuntamiento, somos nosotros.

De lo que sí podemos echar la culpa al Cabildo y Ayuntamientos es de la ausencia de recogida de basura. Da vergüenza ver la línea de basura que marca el avance de la marea llena en Famara o el Calentón Blanco. No es agradable ver el piche que cubre las piedras, y que tampoco nadie recoge.

Es pintoresco observar a las gaviotas planeando para dar cuenta de las tripas que deja el magrebí de la cocina del restaurante al limpiar el pescado. Seduce menos acercarse y ver los montones de escamas secas o los charcos ensangrentados y con los restos de tripas flotando que dejan las gaviotas. Pero es un mal menor; quizás sólo sea una molestia para la vista y las mareas del Pino limpien los charcos, no tengo mucha idea.

De lo que sí podemos estar seguros es de que la búsqueda de la excelencia de nuestras playas depende tanto de los bañistas como de nuestros administradores. Es difícil pensar que unos bañistas guarros vayan a exigir a sus instituciones de gobierno que cuiden el entorno.

Deberíamos explicar a los turistas que nos visitan que, si no tienen cuidado, el viento arrastrará las bolsas de plástico, que es importante sujetarlas para que no acaben en el estomago de una ballena u otro destino no deseado. Podríamos empezar nosotros dando ejemplo y siendo cuidadosos con nuestras playas. No pasaría nada si al ver que una bolsa de plástico flota en el agua, en vez de apartarnos como de la lepra, la recogiéramos y la depositáramos en una papelera. Hace treinta años parecía que el mar se lo podía tragar todo, pero hoy sabemos que cada vez somos más y tenemos que ser cuidadosos si no queremos convertirlo en un basurero.