Democracia
Alejo Guanapay
[Canarias7, 4 de mayo de 2006]
Democracia no es otra cosa que votar? ¿Solamente se vota en democracia? ¿Será verdad aquello de que los pueblos son sabios y nunca se equivocan votando?
Cuando Franco convocó el referéndum del 47 para hacer de la patria un reino, yo era un adulto prematuro: un niño de pantalón corto con el alma envejecida. Y me mandaron, acompañado de un guardia municipal y de un saco de propaganda, a organizar los comicios en la isla de La Graciosa. Y en La Graciosa nadie había oído hablar de elecciones, ni había electores, porque los hombres, todos pescadores, estaban en la mar, y porque las mujeres, como de costumbre, estaban en sus casas, alejadas de cualquier evento callejero.
Me encontré solo ante el peligro. No podía comunicarme con Lanzarote, porque no había teléfono, y no podía suspender la votación, por el pánico a defraudar al Caudillo. Opté por falsificar la ceremonia, supuestamente cívica. Seguí las normas, la ley, al pie de la letra. Rellené todos los impresos. Levanté acta. Firmé todo, por todos los que tenían que firmar, con doscientas firmas que inventé sobre la marcha. Y cerré y lacré el sobre sagrado, con los resultados históricos: 90% de comparecencia, 100% de votos afirmativos… Pero con el cansancio y la comilona que nos ofreció el alcalde pedáneo –el inolvidable Jorge Toledo–, el guardia y yo nos quedamos dormidos en sendos colchones de plumas de pardela. Se hizo de noche, y, con un repentino temporal del este, no había barco, ni grande ni pequeño, que pudiera llevarnos de vuelta a Lanzarote. El sobre no estaría en el Ayuntamiento cuando tendría que estar y Franco no sabría, allá en Madrid, en tiempo y forma, que los habitantes de La Graciosa, como los habitantes de toda España, también estaban de su lado… ¡Una desgracia! «¿Me fusilarán?» –le pregunté al guardia. Y el guardia dudó: «Nunca se sabe» –me dijo.
Llegamos al Ayuntamiento, en la Villa de Teguise, vía Famara, al mediodía del día siguiente. Y el secretario, campeón de la indiferencia, me estaba esperando con una amabilidad evidente y sospechosa. Mal asunto –pensé. Pero no. Le conté temblando toda la verdad, lo que había pasado, y fue como si no le dijera nada. Cogió el sobre y lo tiró a la papelera. Y me dijo, casi con cariño: «No te preocupes. Yo ya sabía que de La Graciosa, con votación o sin ella, no se podía regresar a tiempo, ni informar a tiempo. Y por eso preparé aquí mismo, ayer, los resultados oficiales. Toma nota: oficialmente, en tu mesa hubo una comparecencia del 94%, con 98% de votos favorables y 2% nulos. ¿De acuerdo?» «De acuerdo» -le contesté.
Aquella lección magistral me quitó para siempre las ganas de votar. Jamás volví a votar, ni en tiempos de dictadura ni en tiempos de democracia. Y no sólo no volví a votar, sino que, algunos años después, ya como profesional de la Comunicación, me especialicé en vender partidos, siglas, candidatos, coaliciones… con las mismas técnicas que sirven para vender mantequilla, zapatos o cigarros. Sí. Puede sonar extraño, raro, pero durante media vida me gané la vida torciendo y retorciendo la voluntad popular, con campañas políticas y electorales.
Por tanto… que nadie me niegue el derecho a dudar de la virginidad del voto, aunque viva, y vivo, convencido de que la democracia, entendida como participación respetuosa, es la única tabla de salvación del hombre civilizado.
O, dicho para que se entienda: la democracia no es democracia si sólo es, por un lado, un juego ocasional de candidatos que hablan bien de sí mismos, y, por otro, de una lluvia de papelitos que se recuentan cada cuatro años. No sé cómo se soluciona el problema, ni soy yo quien tiene que solucionarlo. Pero sí sé que el mundo en que estamos no puede aguantar el triunfo sistemático de la mediocridad y del oportunismo, cuando no de la perversión. Y no doy nombres, ni de Estados Unidos, ni de Italia, ni de otros lugares, ni de aquí, porque no hace falta. ¿Verdad que no?
Sin embargo, sí cuento lo que me ha empujado a escribir lo que escrito queda: hace unos días, por casualidad, me encontré en una calle de Arrecife con un viejo y querido amigo, hombre serio, magnífico abogado, fina inteligencia, buena persona, ex de muchas cosas en la política de Lanzarote. Caía la tarde y él –me dijo– iba como todas las tardes a la tertulia con los amigos en un bar cercano. Y le acompañé. Y en la tertulia tuve la alegría de reencontrarme con una decena de lanzaroteños ilustres, decepcionados con la democracia y apartados de la cosa pública por el voto masivo de la vulgaridad y del saqueo. ¡Los que podrían formar una candidatura de lujo, para sacar adelante cualquier isla, Comunidad o país, reunidos en un bar, hablando con amargura de lo que tendría que ser y no es! ¡Como en el resto del Archipiélago! ¿No es doloroso saber que los hombres que Canarias necesita están en Canarias y Canarias no los quiere, ni vota?
pedro
12:43 pm · 5 Mayo 2006
Que tristeza, que melancolia, a veces que verdad, que bonito.
Natalia Jiménez
1:24 pm · 5 Mayo 2006
Esto me suena a un novio que tuve, que decía que el ya no podía enamorarse porque su primera novia le rompio el corazón. Es una manera cómoda de justificarse para no hacer nada.
El matrimonio es un trabajo de todos los días. Sólo el que no pierde las ganas de pelear consigue salvarlo o por lo menos mantenerlo. Como dijo Paul Valéry, viendo las olas romper en la playa: La mer toujours racomance (El mar siempre volviendo a empezar).
La democracia no es perfecta, pero en la época de Franco suspirabamos por poder votar a nuestros representantes y todabía hay muchos sitios que suspiran por ello. Aunque hayamos mejorado esta claro que queda mucho por hacer, pero desde luego, no hacemos nada lamentandonos y poniendonos melancolicos porque aquel primer amor nos rompiera el corazón.
Lacatus
5:15 pm · 7 Mayo 2006
Bonito texto, y excelente respuesta la de Natalia. No podemos ampararnos en el fracaso para no intentarlo nuevamente. La fortuna de la democracia es que nos permita votar cada cuatro años, afiliarnos a un partido, escribir apoyando a unos u otros, buscar el apoyo de los ilustres tertulianos apuntados, y en el intento logramos elegir correctamente, y elegimos a quien no s mejore el espacio público. No son pocas las veces que esto ocurre, Marbellas hay, claro que sí, pero también existen las Córdobas, Granadas o Coruñas.
Tengo la ilusión de que en 2007 también ocurra en Lanzarote y se empiece una nueva época.
Mientras ocurre, tenemos la seguridad de que por lo menos, esas elecciones, se celebrarán en libertad, con limpieza democrática y con toda la ilusión de quien busca volver a enamorarse.
nano
6:00 pm · 9 Mayo 2006
Excelente artículo. Magnífico testimonio.
Y no creo que haya desamor en sus palabras. Sino simplemente protesta. Quizás sea el tipo de protesta asociado a quien ya está pasado de vuelta de todo, pero es una protesta.
Y yo me pliego a esa protesta. Porque la democracia en la que vivimos, siendo mucho mejor que la del 47, para empezar inexistente, es una democracia secuestrada por partidos subvencionados por empresarios. Una democracia de mentirijillas es eso de votar cada cuatro años.
Partidos que manejan medios de comunicación, partidos que llenan las calles de fotografías de personas con cara de simpáticos. Eso no es democracia… eso es simplemente elegir el dueño que llevará tus correas durante los próximos cuatro años. Y la democracia es otra cosa.