‘Sanginésame’
Josechu Pérez Niz
En las pasadas fiestas de San Ginés recordé, bien entrado el jolgorio, que estábamos en lúdicas fechas gracias a la polémica en torno al programa de actividades y la foto del saluda de la alcaldesa, María Isabel Déniz (en mi opinión llevaba razón Déniz en que no era foto digna para un saluda institucional, pero se podía haber ahorrado el cambio y consecuente retraso en la llegada de los programas al ciudadano). Obviando la polemiquilla, y gracias a ésta, más que sea en esta edición tuve un recuerdo de la celebración, porque hará dos años que ni me rozo ni recuerdo que gozamos de las fiestas tradicionales por excelencia de Lanzarote.
Ni Dolores, con todos mis respetos, ni Remedios, con los mismos respetos, ni Bartolomé ni San Juan de Haría. Los ciudadanos de Lanzarote encontraban en estas fiestas, por regla general, el evento de eventos de la Isla. Desde hace un tiempo, algo más de un lustro, mi percepción me dice que el número de residentes de fuera de Arrecife que pasa por San Ginés ha descendido notablemente. Tratar de responder al porqué de esta posible circunstancia, más allá del análisis del programa de actividades diseñado por Encarna Páez, conformará el objeto de esta columna de opinión.
¿Por qué, pues, los sangineles ya no son las fiestas por excelencia de los lanzaroteños según mi percepción? Una razón podría hallarse en que antes, hace ya mucho de esto, las principales atracciones, o las más novedosas, llegaban sólo a Arrecife. Me refiero a juegos, máquinas, cochitos chocones, montañas rusas o demás. Para fortuna de, practicamente, todos los municipios de la Isla, el dinero generado en Lanzarote ha permitido un acercamiento entre unas fiestas y otras. Nada tiene que envidiarle, si es que hay que envidiar algo, la vidilla de Puerto del Carmen con la supuesta hoy en Arrecife. Esto es, la expansión turística permitió a La Tiñosa, Teguise o, de últimas, Yaiza y Playa Blanca aumentar sus ingresos y, entre otras cosas y miren que hay otras muchísimo más importantes, disfrutar de las atracciones más atractivas en el período de Festejos de cualquiera de estas localidades. Sin embargo, y centrándonos en los actos lúdicos, este enriquecimiento de las citadas arcas municipales se produjo desde los ochenta del siglo pasado y la percepción de San Ginés resultaba la misma, a mi juicio al menos, de la tesis de partida de este artículo: las fiestas de Arrecife conformaban la fiesta de fiestas insulares.
Si el ingrediente principal del festejo no supuso una huida de la visita sanginelera, ¿qué es entonces? A mi modo de ver, el principal cambio se encuentra en la renuncia de Arrecife a desarrollar sus fiestas en Arrecife. Me explico, los sangineles tienen lugar en una pequeñísima parte de la capital, el Recinto Ferial, el nombre es para entendernos, y en una pequeña franja de El Charco de San Ginés. Puedes ir a un sitio o a otro. O a los dos. Si has estado en esa circunstancia, con tus niños en los cochitos del Parque Temático por ponerte un ejemplo, a buen seguro que pillaste el coche para gozar con la Parranda de los Cantadores en el escenario charquero. Por tu cabeza no pasó ir caminando a través de la ciudad porque, entre otras cuestiones, nada te invitó a patearla.
No doy con las razones que han llevado a esta renuncia porque, si bien recuerdo, en mis primeros sangineles ese era el impacto y la principal diferencia, claramente a favor de Arrecife, con otros festejos de mi niñez y adolescencia, las del Carmen en el Varadero en Puerto del Carmen.
La ciudad, su arteria principal, el centro neurálgico, se abría de par en par y mostraba sus mejores encantos. El trayecto se abría en la antigua entrada de Arrecife con el Islas Canarias y su variedad de ambientes: verbena, músicas roquerillas para los jóvenes en el interior del parque, hoyo incluido, y todo el paseo con los quiosquitos de palmera y su vino, comida y timple y guitarra. Lo continuaba, superado el escollo del Casino, el Ramírez Cerdá con sus quioscos de chucherías y pequeñas tiendas que te conectaba prácticamente a la plaza de San Ginés y El Charco o al territorio comanche de la chiquillería, paseo mediante por el puente de las bolas, en dirección al antiguo aparcamiento del Castillo San Gabriel. Kilómetro y medio aproximado de las entrañas de la ciudad volcado con sus fiestas. La ciudad o el centro neurálgico a nivel administrativo, en suma, el Arrecife representante de todos los lanzaroteños, se preparaba, con sus más y sus menos, para erigirse en fiesta de fiestas.
Hoy, disculpen la insistencia, Arrecife renuncia a la mayor parte de sus encantos ya no sólo para desarrollar los sangineles sino, lo que es peor, para maximizar el ocio y disfrute de estos espacios. Aclaro por si acaso que no abogo por la recuperación del ruido y de la fiesta hasta el amanecer en donde vive un buen número de vecinos, en el Ramírez Cerdá o el Islas Canarias. Se puede estar de fiesta de mil formas y el uso de los principales activos de la ciudad se torna en clave para vivir, disfrutar y festejar Arrecife. Un hilo conductor por la mejor cara capitalina que sirva de nudo diferenciador de lo que te vas a encontrar en el Charco o en el Recinto y que el ruido y el amanecer prosiga en el Recinto, pero que hagan un Recinto… seguro que me entienden.
Tiempos conservadores estos de apuesta ciega por la estandarización de casi todo y por la renuncia a hacer, o intentarlo, la mejor ciudad posible. Luego hay gente que le extraña el pitorreo con el catálogo de patrimonio histórico o la planificación urbanística del PEPA y la que está por llegar. Nuestras dos mujeres, Isabel y Nuria, Nuria e Isabel, han avisado: van a intentar aprobar inicialmente la revisión del Plan General. Más de un año sin hablar del Plan y ahora lo quieren deprisa y corriendo.
Parafraseando aquella canción del verano que conoció poca gente, “San Ginés, sal de tu iglesia, y verás, y verás de una vez, lo que han hecho con tus fiestas”.
No le pido a nadie que me sanginese porque, sólo de pensarlo, como que me pongo colorao.
Miguel H.
11:21 am · 12 Septiembre 2006
Josechu toca una de las claves importantes. Todo el mundo sabe que desde que los sangineles se fueron al recinto ferial ese no son lo mismo. Es voz populi, como suele decirse.
Para mí el sitio ideal sería las inmediaciones del castillo de San Gabriel, donde estuvo durante unos años. Allí no molestaría demasiado a los vecinos y quedaría de paso para todo el mundo, incluido los que quisieran ir al charco o vinieran de allí.
Pero otro de los puntos importantes para mí y que josechu no menciona es el precio de los “cochitos”. Yo recuerdo de chinijo que con quinientas pesetas me pasaba el día entero. Vale que la vida ha subido y es lógico que los precios de los cochitos también. Pero no hay proporción. Hoy montarte en una sola atracción te cuesta 5 euros. Es decir, para pasar todo el día montándote tendrías que gastarte no menos de 100 euros por persona. Son precios prohibitivos que no resultan motivantes precisamente. Y más cuando las hipotecas están como están y los precios de la cesta de la compra no dejan de subir. La gente cada vez dispone de menos dinero para dedicarlo al ocio, eso es algo que se está viendo y cada vez se hará más manifiesto.
Pedro G
11:43 am · 12 Septiembre 2006
Creo que lo que hace el artículo es poner de manifiesto el desamor por la ciudad que viene caracterizando a las corporaciones municipales de Arrecife desde hace mucho tiempo.
Me llama la atención lo que dice Miguel: “La gente cada vez dispone de menos dinero para dedicarlo al ocio”. Creo que la realidad es justamente la contraria: hace décadas, cuando España era un país bastante más pobre, la mayor parte del dinero que ganaba la gente había que dedicarlo a las cuestiones básicas, y era poco o nada lo que quedaba para las actividades de ocio. La sociedad española se ha hecho rica en poco tiempo, y es probable que el principal indicador de esa riqueza lo constituya la gran cantidad de dinero que dedica la gente a su ocio: la proliferación de carísimos parques de atracciones o temáticos por todo el país, el incremento del turismo entre los españoles, las generalizadas compras de aparatos para el entretenimiento (televisiones, ordenadores, videoconsolas, cines en casa), todo el catálogo de actividades pensadas para niños o jóvenes que hubieran sorprendido a propios y extraños hace décadas, el incremento de la práctica de actividades deportivas, o recreativas en general, etc.
Anabel Medina
1:10 pm · 12 Septiembre 2006
Creo que el desamor a la ciudad se percibe más en la suciedad que en la calidad de los festejos y estoy de acuerdo en que el ocio no es más caro sino más abundante, tenemos más tiempo y más opciones.
Miguel H.
1:30 pm · 12 Septiembre 2006
Pues qué suerte para Pedro y Anabel. Yo no tengo internet en mi casa, ni teléfono. Porque al parecer en Argana estas cosas están prohibidas. Tampoco puedo permitirme ir al cine, ni comprarme video juegos de esos. Y qué curioso, me consta que muchos de mis vecinos están igual que yo. Es posible que haya más tiempo y más opciones… pero lo que no hay es más dinero. Cuando todos estemos ahogados por nuestras hipotecas de cincuenta años ya veremos cuanto ocio nos queda.
Marcos el mariscador
1:32 pm · 12 Septiembre 2006
Marcos DIIMITE, que no dimete, Inés CÉSALO.
alfil
2:03 pm · 12 Septiembre 2006
Miguel, como diría mi abuela: una buena guerra nos hacía falta a nosotros.
Puede que tengas problemas para llegar a fin de mes, eso no lo duda nadie, pero si lo piensas seguramente verás que vives mucho mejor de lo que vivía un campesino en la edad media. O incluso un campesino en Lanzarote hace cincuenta años. No se puede negar que progreso en la calidad de vida general ha habido. Todo es mejorable, por supuesto que sí, pero no ganamos nada yendo de víctimas por la vida.