Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC)

19 de Octubre de 2006 · (Política)

Fernando Marcet Manrique

En el ámbito de quienes reflexionamos acerca de una profundización práctica en nuestras democracias actuales, uno de los términos más empleados, dejando a un lado el binomio I+R (Iniciativa Legislativa Popular y Referéndum Vinculante), es el de TIC. Tecnologías de Ia Información y la Comunicación.

Las TIC son todas esas tecnologías que en los últimos años han penetrado en nuestra vida cotidiana y tienen en común el haber permitido que todos podamos comunicarnos e informarnos con una inversión en tiempo, coste y esfuerzo mínimos. Internet sería el mejor ejemplo, pero también está la telefonía móvil, el teletexto de la television, los gps (cada vez más utilizados en multitud de situaciones) y todos los derivados de estas tecnologías (i-pods, pendrives, navegadores portátiles…)

No se puede negar que estas herramientas han supuesto una profunda revolución en nuestras vidas. Pero debido a su reciente implantación todavía no les hemos sacado todo el jugo que podríamos. La pregunta sería: ¿En qué medida podríamos utilizar esta tecnología para hacer de nuestras sociedades lugares mejores para vivir, y sobretodo, convivir? Supongo que para contestar a esta pregunta antes tendríamos que ponernos de acuerdo acerca de qué consideraríamos “lugares mejores”. Así que es inevitable que nos adentremos en el espinoso terreno de la moral (pues todo lo que consideramos bueno o malo tiene que ver con la moral), para saber cómo y de qué manera las TIC pueden ser utilizadas en este terreno.

Yo pondría la siguiente lista, a partir de la cual trabajar. Es una visión muy personal, y por tanto susceptible de no tener nada que ver con lo que muchos otros imaginen.

Una sociedad mejor, para mí, contemplaría estos seis preceptos, sin que el orden en que se encuentran tenga nada que ver con su importancia:

- Una sociedad en la que el porcentaje de paro fuera mínimo.

- Una sociedad en la que los sueldos medios estuvieran acordes al coste de los productos reales, particularmente aquellos productos que cualquiera necesita comprar para vivir con cierta dignidad, lease vivienda y alimentación.

- Una sociedad en la que existiera un equilibrio entre su existencia y la del medio que la contiene. Es decir, una sociedad medioambientalmente sostenible.

- Una sociedad en la que los ciudadanos pudieran expresar eficaz e instantáneamente todas sus inquietudes y problemáticas a quienes han sido elegidos o contratados para solucionarlas.

- Una sociedad en la que las inquietudes culturales y educativas estuvieran en constante ebullición.

- Una sociedad en la que el grado de corrupción, a todos los niveles, fuera mínimo. Entendiendo por corrupción todo aquello que lleva a los individuos a hacer daño al conjunto de la sociedad para obtener beneficios o satisfacciones individuales. Abarcamos aquí, pues, desde el chaval que se dedica a romper retrovisores hasta el político que malversa fondos. Desde el individuo que roba un coche de Emerlan, hasta el concejal de urbanismo que recalifica unos terrenos para sacar tajada. Tanto unos como otros buscan una satisfacción personal inmediata a costa de un daño, más o menos consciente, más o menos cuantioso, al conjunto de la sociedad.

Supongo que la lista podría ser mucho más larga, pero creo que aquí he puesto los puntos que personalmente considero más importantes. Es más, en mi opinión, si estos seis puntos quedaran mínimamente satisfechos, seguramente todo lo demás también iría mejor. Y que conste que estoy diciendo mínimamente satisfechos, que lo de la perfección absoluta, además de ser una búsqueda estéril, sólo puede ser imaginada por mentalidades totalitarias. Los mundos felices no existen ni existirán jamás, y casi mejor que así sea, pues un mundo absolutamente perfecto también sería un mundo en cierta forma muerto, con todas y cada una de las actividades de sus individuos programadas como en un hormiguero. No estamos abogando en estas líneas por un mundo de este tipo, sino por uno que simplemente mejore razonablemente la calidad de vida de quienes lo habitamos, así como que garantice su existencia futura (vamos, que no acabe colapsado por la contaminación o por la corrupción desmedida)

Ahora supongamos que están de acuerdo conmigo en la pertinencia de estos seis puntos. Imaginemos que los consideran tan claves como yo, ¿En qué medida podrían las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) ayudar a satisfacerlos?

En mi opinión el mero hecho de que nos hiciéramos esta pregunta ya significaría mucho. Es como el que siempre ha cogido un libro voluminoso para planchar camisas y de pronto piensa en lo que pasaría si se decidiera a leerlo. Con las TIC ocurre un poco lo mismo. Tenemos delante de nosotros las herramientas que nos podrían ayudar decisivamente a mejorar nuestras sociedades y no las estamos aprovechando. Yo pondré un sólo ejemplo, sin ánimo de ser exhaustivo, pues considero que este no es el lugar ni el modo, simplemente a modo de muestra.

- Los mensajes de móvil podrían utilizarse para votar o para palpar el pulso ciudadano acerca de las cuestiones más diversas. Esto abarataría el coste de los referendos y de las encuestas una barbaridad, pues no hay que olvidar que es precisamente su coste lo que hace que ni lo uno ni lo otro sean muchas veces viables. En la telefonía móvil está la clave de la participación ciudadana del futuro. Sin necesidad de pertenecer a colectivo ninguno, sin tener que salir de tu casa, sin siquiera tener que conectarte a internet, los móviles son el ejemplo más claro de cómo estamos desaprovechando una TIC a la que absolutamente todo el mundo tiene acceso hoy en día.

2 Comentarios

  1. S.G.

    10:08 am · 19 Octubre 2006

    Los “tecnoutópicos” lo tienen jodío en Lanzarote, de momento.

    Hablabas, tiempo atrás Fernando, de la “protodemocracia”, y debemos suponer que, gracias a las TIC, podríamos vivir en un sistema de referéndum permanente, sugiriendo la posibilidad de obviar el sistema de democracia representativa, salvo quizá para elegir a quienes formulan las preguntas.
    Sin embargo, no sólo se trata de votar, y los ciudadanos para tomar decisiones necesitamos estar informados para poder deliberar y decidir, por lo que la inversión en tiempo, para vivir ese proceso de referéndum permanente, ya no sería tan “mínima”. En mi opinión, esa democracia directa y plenamente participativa, aunque fuese tecnológicamente posible, no sería practicable en una sociedad como la nuestra, donde una parte no desea, y otros no pueden, implicarse al nivel que sería necesario para hacerla efectiva.

  2. Jorge Marsá

    10:20 am · 19 Octubre 2006

    Plantea Fernando la utilización de las nuevas tecnologías de la comunicación como un mecanismo que puede permitir mejorar la participación de los ciudadanos y, en consecuencia, transformar positivamente la política.

    Se ha escrito bastante en los últimos años sobre esta cuestión (recomendaría el libro de Cass R. Sunstein, república.com. Internet, democracia y libertad). Y se ha puesto el acento en lo que podría llamarse la participación “en tiempo real” que permiten esas nuevas tecnologías. Pero también se ha puesto de manifiesto el problema que supondría esa participación instantánea, como la que propone Fernando a través de móviles: una participación escasamente reflexiva y que haría depender la agenda política de los cambiantes humores de los ciudadanos sería el escenario soñado de demagogos y populistas, que son quienes se mueven como pez en el agua cuando se trata de resolver asuntos complejos con un sí o un no, con un a favor o un en contra. Y pocas dudas caben de que la política es una actividad compleja.

    Sirva de ejemplo el cambio que ha sufrido la postura de los socialistas con respecto a la inmigración este verano: al inicio, voto para los inmigrantes y regularización de quien trabaja y cotiza en este país; tras la “crisis” de los cayucos y, sobre todo, tras la aparición de la inmigración en las encuestas como el principal problema de los ciudadanos, pues mano dura, lucha contra los ilegales y ofrecimiento de pacto al PP sobre la base de su reaccionaria Ley de Extranjería.

    Imaginemos cómo andaríamos si, en un asunto como éste, las decisiones del gobierno se vieran influidas cada poco por votaciones electrónicas, bien por Internet bien por móvil. La política sería no sólo el reino de la demagogia y el populismo, como decía, sino probablemente una actividad errática en la que resultaría verdaderamente difícil dar una mínima continuidad a muchos proyectos políticos que requieren de tiempo y reflexión para llegar a buen puerto.

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