Jueves, 19 de Octubre de 2006

Clara Campoamor: ¿un olvido interesado?

Javier Díaz-Reixa

Hace unos días, debatía con algunos amigos sobre el incomprensible olvido en que se ha sumido la vida y la actividad política de Clara Campoamor, responsable principal de una conquista tan importante como el derecho al voto de las mujeres españolas. Entre los intervinientes en aquel debate, había varios universitarios, entre ellos algunos historiadores.

Yo afirmaba, en abrumadora minoría, que las mujeres españolas no habían votado en 1931, sino que la primera vez que emitieron su voto fue en las elecciones generales de 1933. El resto de mis contertulios afirmaba rotundamente que yo estaba errado, y de nada me sirvió aludir al lamentable espectáculo que se produjo en el Congreso cuando se produjo el debate sobre esta cuestión, en el marco de la discusión sobre la Constitución de la Segunda República.

De vuelta a casa, espoleado por el debate, consulté varias enciclopedias, y comprobé con asombro e indignación que aparecían Victoria Kent o Federica Montseny, pero no había la más leve alusión a Clara Campoamor en ninguno de los libros que consulté, ni siquiera en varias publicaciones recientes sobre la república y la guerra civil. ¿Cómo explicar semejante desafuero? ¿Por qué este país, y especialmente las fuerzas políticas de izquierda, han sumido en el olvido a esta mujer ejemplar? ¿Se trata de una mera casualidad, un simple ejemplo más de la invisibilidad de las mujeres, o es un olvido interesado?.

Hace unos meses había leído el diario de sesiones en el que se reflejaba aquel debate, pero no conocía los detalles de su vida, en especial qué había sido de ella después. Y decidí indagar sobre ello, concluyendo que se trata de un olvido interesado, movido por el inconfesable deseo de ocultar un episodio especialmente vergonzante para la izquierda.

Clara Campoamor nació en 1888 en Madrid, en el barrio de Maravillas (Malasaña), en el seno de una familia de escasos recursos. A la muerte de su padre, se vio obligada a dejar sus estudios, y entró a trabajar en Correos y Telégrafos, y posteriormente obtuvo el número uno en la oposición de profesora de adultos en el Ministerio de Instrucción Pública. Como no tenía el bachiller, únicamente podía impartir clases de taquigrafía y mecanografía, por lo que decide seguir estudiando, al tiempo que trabaja también como secretaria en el periódico La Tribuna.

A partir de 1923 empieza a destacar en su lucha por el derecho a la igualdad de las mujeres, y en 1924 termina la carrera de Derecho e ingresa en el Colegio de Abogados de Madrid, convirtiéndose en la primera mujer que interviene ante el Tribunal Supremo de Justicia.

En paralelo se desarrollan sus actividades políticas, presidiendo la Juventud Universitaria Femenina, y participando o colaborando en la creación de la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas y de la Liga Femenina Española por la Paz. Entró, con Manuel Azaña, a formar parte de la directiva del Ateneo de Madrid, y fue delegada de España en la Sociedad de Naciones.

Durante la Dictadura de Primo de Rivera, mantiene una actitud ejemplar, rechazando todo tipo de distinciones por una cuestión de principios. Tras la dictadura, entra a formar parte del Partido Radical, y se presenta a las elecciones de 1931 para las Cortes Constituyentes de la Segunda República, obteniendo un escaño por Madrid, al mismo tiempo que Victoria Kent (Izquierda Republicana). Nótese que en estas elecciones las mujeres podían ser elegidas, pero no podían votar.

Aunque también fue una de las más importantes promotoras de la ley del divorcio, su actuación estelar, que se convertirá al mismo tiempo en su tumba política, tuvo lugar durante la discusión en el pleno del artículo 34 de la Constitución, que inicialmente solo podía permitía votar a las solteras y a las viudas, con el insólito argumento de que “hasta que los maridos estuviesen preparados para la vida política, el sufragio femenino podía ser fuente de discordia doméstica”. Realmente, el fondo del problema era la presunción de que la mujer era fundamentalmente conservadora y demasiado apegada a la Iglesia, lo que la convertía en un aliado de los enemigos de la República.

Con estos mimbres, el debate derivó inevitablemente hacia el esperpento. El “doctor” Novoa Santos aportó argumentos biológicos: según esta lumbrera, a la mujer no la dominaban la reflexión y el espíritu crítico, se dejaba llevar siempre de la emoción, de todo aquello que hablaba a sus sentimientos, y el histerismo no era una simple enfermedad, sino la propia estructura de la mujer. Hubo incluso quien propuso que los hombres votaran a los 23 años, y las mujeres a los 45, porque la mujer es deficiente en voluntad e inteligencia hasta cumplir dicha edad.

Dando una vuelta de tuerca más, la principal oposición a las propuestas de Clara Campoamor la protagonizó Victoria Kent, perteneciente a Izquierda Republicana, quien sugería que no se trataba de cuestionar la capacidad de la mujer, sino de aplazar la concesión del voto femenino por cuestiones de oportunidad, hasta que las mujeres pudieran comprobar los beneficios del régimen republicano. La respuesta de Clara fue exquisita:

“Lejos yo de censurar ni de atacar las manifestaciones de mi colega, señorita Kent, comprendo, por el contrario, la tortura de su espíritu al haberse visto en trance de negar la capacidad inicial de la mujer. Creo que por su pensamiento ha debido de pasar, en alguna forma, la amarga frase de Anatole France cuando nos habla de aquellos socialistas que, forzados por la necesidad, iban al Parlamento a legislar contra los suyos”

El enfrentamiento dialéctico entre ambas mujeres dio origen a multitud de burlas. La prensa las denominó “la clara y la yema”, y se mofaba del hecho de que en la Cámara había solo dos mujeres, y ni por casualidad estaban de acuerdo, preguntándose qué pasaría cuando fueran cincuenta.

Pero no es esto lo peor. Muchos líderes políticos de primera fila porfiaron a ver quien decía la mayor estupidez: el habitualmente exquisito Jiménez de Asúa calificó a Clara Campoamor como una “descarada trepadora”; Guerra del Río propuso remitir la cuestión a una ley, lo que permitiría a la República revocar el derecho de sufragio de las mujeres si votaban por los partidos reaccionarios; Azaña calificó la sesión como muy divertida.

Finalmente, votaron a favor el Partido Socialista (con la excepción de Indalecio Prieto), la derecha (por puro interés, porque estaba persuadida de que la reforma le beneficiaba) y una minoría de los republicanos (catalanes, progresistas y la Agrupación al Servicio de la República), y en contra Acción Republicana, los radicales y los radical-socialistas. En total, 161 votos a favor y 121 en contra.

El resultado provocó una bronca monumental en el hemiciclo, con un grupo de diputados muy exaltados increpando a los miembros del Gobierno, mientras Indalecio Prieto perdía completamente los papeles, gritando desde su escaño que aquello había sido una “puñalada trapera a la República”.

La prensa no se quedó atrás, afirmando que “la galantería logró un triunfo indiscutible … resultará lindo que los poetas del futuro canten en sonetos a este 1931, en que los hijos de España se jugaron a cara y cruz un régimen por gusto de sus mujeres”.

En 1933 votaron por primera vez las mujeres españolas, y las elecciones generales elevaron al Gobierno a las fuerzas de la derecha. Toda la izquierda, al unísono, cargó las culpas en exclusiva sobre las espaldas de esta mujer, que fue objeto a partir de entonces de una auténtica persecución política, hasta lograr sepultarla en el olvido.

Sin embargo, cuando en febrero de 1936 ganaron las fuerzas de izquierda, nadie se acordó de Clara Campoamor, ni del hecho de que, si hubiera sido cierto que en 1933 la izquierda perdió el gobierno por causa del voto femenino, sería igualmente cierto que fue el voto de las mujeres el que decantó la mayoría en 1936.

Pero ni la izquierda, ni el país, estaban entonces para sutilezas; nadie levantó una mano para recordar a Clara Campoamor, ni para compensar los injustos e infames ataques que recibió, tal como ella misma cuenta en “Mi pecado mortal. El voto femenino y yo”:

“.. en el orden personal me he formado en lucha abierta, sola, privada de ayudas y sin buscar apoyo en ningún clan … lo que no espero ocurra es que se eleve una voz, una sola, de ese campo de la izquierda, de quien hube de sufrirlo todo, por ser el único que ideológicamente me interesa, y al que aún aislada sirvo; una sola persona que, por estímulos de ética, de mínima reparación, clame y confiese la verdad y proclame al menos que no fui la equivocada yo, sobre quien se han acumulado las pasiones y la injusticia”.

La persecución política traspasó los límites del escarnio, con ocasión de pedir el ingreso en Izquierda Republicana; después de ver rechazado el ingreso, aún hubo de afrontar las crueles burlas de que fue objeto aquella nueva derrota. Pero Clara Campoamor decía que “mi ley es la lucha” y partió hacia el exilio en febrero de 1936, instalándose primero en Lausanne, y viajando posteriormente a Argentina hasta 1955, en que regresa a Lausanne donde falleció en 1972.

En mi opinión, esta mujer, ejemplo de dignidad y de coraje, fue literalmente arrinconada en el olvido por la mezquindad que se instaló en nuestro país en aquellos años, y por el fanatismo de la izquierda, que ocultó todo su trabajo político porque se trata de uno de los episodios más vergonzosos y vergonzantes de nuestra historia. Hasta ahora, salvo algunos aislados homenajes, meramente testimoniales, esta mujer no ha tenido el tratamiento que merece. Hora es ya de que la izquierda purgue sus errores y recupere su memoria para siempre, poniéndola en el lugar que conquistó con su propio esfuerzo.