Miércoles, 26 de Abril de 2006

El currículum oculto

Luis Arencibia Verdú

En algún momento, alguien se inventó, para intentar saber por qué los estudiantes aprendían lo que aprendían, independientemente de lo que se les quisiera enseñar, el concepto de “currículum oculto” (entiéndase currículum por conjunto de contenidos a transmitir). Más allá del currículum exigido por las altas instancias educativas, que va del tema uno al equis, con la metodología tal y los controles cuales, se habla de “currículum oculto” para hacer referencia a esas otras enseñanzas transferidas a los alumnos a través de, por ejemplo, las estructuras de poder del centro, los valores implícitos en el funcionamiento diario (justicia, competitividad, igualdad, segregación…), la normativa interna, su grado de cumplimiento… Mientras que los profesores se afanan, con más o menos entusiasmo, en cultivar las mentes, estos otros factores, generalmente más descuidados, van formando a las personas.

Más allá de los muros del colegio, en cada una de las sociedades (las maquinarias educativas más inexorables) existe un “currículum oculto” que, aunque nadie lo haya escrito nunca, puede condicionar nuestras emociones, pensamientos y actos más que miles de decretos o normativas pulcramente impresas en papel.

Una propuesta, inacabada, de destape de contenidos del “currículum oculto” de nuestra sociedad insular, en continua y efectiva transmisión a las generaciones venideras, sería la siguiente:

– La responsabilidad, la coherencia y la perseverancia son virtudes admirables, pero poco prácticas en nuestro entorno.
– Tal como están las cosas, el futuro no puede ser peor y, en todo caso, no viene a cuento pensar en ello.
– Los políticos y los empresarios conforman una casta de personas excepcionalmente siniestras. Al resto de ciudadanos se los podría clasificar como tontos, adormilados o resignadamente adaptados a las circunstancias. En todo caso, se diferenciarían de políticos y empresarios por atesorar dosis de maldad prácticamente despreciables.
– Dando por sentada esta distancia, es legítimo el recurso al abuso y a la trampa por parte de estos. Siendo en este caso una medida defensiva, de pura supervivencia.
– Nuestro destino se decide de arriba abajo, según intereses que son ajenos, o directamente contarios, a los de la mayoría de la población. La elevada abstención es una forma legítima de protesta contra ello. Quien pretenda cambiar el devenir de los acontecimientos debe intentar subirse a la parte de arriba de la pirámide. Tiene bastante de excéntrico quien pretenda influir desde abajo, siendo su actitud además digna de desconfianza.
– El modo de vida ideal es aquel que no implica riesgos. Es preferible, además, guardar las distancias con los demás, empezando por la distancia física.
– No es de ninguna utilidad pararse a pensar en las repercusiones que, para la colectividad, tienen nuestras acciones como individuos. Ni en las consecuencias de que nuestro comportamiento se extendiese al resto.
– En todo caso, “los de aquí” tendrían más derechos que el resto. En cambio, los demás, y en particular los procedentes de países menos desarrollados, deberán esforzarse, en todo momento y para siempre, en demostrar el beneficio de sus actos.

Dando un repaso a la lista, abierta por supuesto a las sugerencias de los lectores, no me parece, la verdad, ni tan “oculta”, ni tan exclusivamente nuestra. Me resulta, en cambio, generalizable a bastantes otros lugares que conozco.

Y yo que me había hecho la ilusión de estar haciendo, de rebote, una digna aportación a la búsqueda de nuestros rasgos identitarios nacionales… En fin, me temo que cuando se comience a hablar del tema en el debate estatutario, me va a pillar algo desmotivado.