Jueves, 3 de Mayo de 2007

Los canarios, primero

Jorge Marsá

[Publicado también en Basta Ya]

Si dejamos a un lado la metedura de pata estrella –la de las 125 propuestas de Juan Fernando López Aguilar copiadas a Ciudadanos de Cataluña–, obligado es reconocer que el líder de Coalición Canaria se ha convertido en el centro de la campaña electoral en el Archipiélago con sus repetidas propuestas de conceder privilegios a los canarios frente a los foráneos, hasta el punto de atreverse con una idea de infausto recuerdo: el control de la población.

El lunes nos ofrecía el diario Canarias7 otro destacado de Paulino Rivero en la misma dirección: “El trabajo, primero para los canarios”. Como se ve, las numerosas críticas –que aluden a la xenofobia, a la irracionalidad económica e incluso a la ilegalidad de casi todo lo que viene proponiendo– no han arredrado al presidente de Coalición Canaria. Y se entiende. Porque, de hecho, lo que se le está criticando a Paulino Rivero es que sea nacionalista, y que proponga en consecuencia. Y coherente con el ideario, el aspirante a la Presidencia del Gobierno va acercándose cada día un paso más al eslogan electoral con el que otro nacionalista, Le Pen, hizo su fortuna política en Francia: “Los franceses, primero”. Y es que de semejante forma se resume a la perfección el primario mensaje de los nacionalistas. Y como Paulino Rivero presume de tal, nada debería extrañar que lo haga suyo: los canarios, primero.

Donde sí puede y debe hablarse de incoherencia, y no se ha hecho, es cuando Paulino Rivero insiste en que considera canarios a todos los residentes en Canarias. ¿Entonces? ¿Qué fue de la identidad cultural? ¿Lo mismo vale para un nacionalista canario que la identidad provenga de Telde o Garachico que de Valladolid, Bogotá o Dakar?

Se comprende que el presidente de Coalición Canaria no haya querido diferenciar entre los ciudadanos que podrían adscribirse a una “auténtica” identidad canaria y los que obviamente no entrarían en ese cupo, y sobre todo en un momento en que muchos de los que se quedarían fuera van a ejercer su derecho al voto. Y se comprende porque, en una sociedad mestiza como es la canaria –y como lo son todas las que en España son, incluida la española, claro está–, vincular la ciudadanía con determinada identidad cultural se demuestra incompatible con el ejercicio de la democracia, puesto que supone dividir a los ciudadanos según su proximidad a la identidad que se considera genuina, lo que equivaldría a atentar contra la idea misma de ciudadanía, contra la igualdad de todos los ciudadanos –que tienen o pueden tener identidades distintas– en el espacio público.

La incoherencia de Paulino Rivero, y por consiguiente de su partido, no reside tanto en que en este momento no consideren pertinente referirse a lo que tanto se refieren en otros, a la defensa “de lo nuestro”, sino en que, si renunciaran definitivamente a considerar la identidad cultural como sustento básico de su apuesta política, estarían renunciando, en realidad, al nacionalismo.

La contradicción de Rivero no es fácil de resolver: lleva su tiempo darse cuenta de que resulta tarea complicada ligar el nacionalismo y la democracia, de que, en el fondo, quizá lo contradictorio sea hablar de nacionalismo democrático.