Lunes, 3 de Septiembre de 2007

Se acabaron las vacaciones

Jorge Marsá

Ésa es la frase más repetida estos días: “Se acabaron las vaciones”. Vacaciones y descanso eran prácticamente sinónimos. ¿Lo siguen siendo? A tenor de los relatos vacionales que se escuchan, no lo parece. La manera en la que pasamos ese período de asueto dista ya un trecho de cómo lo hacía la generación anterior.

En la época de mi niñez –hace ya cuatro décadas–, las vacaciones eran en verdad una época de descanso… para quienes podían disfrutar de ellas, que no eran tantos. Resultaba habitual que la familia se desplazara durante el tiempo estival siempre al mismo lugar, que en muchas ocasiones estaba bastante próximo a aquel en el que se residía (algunos madrileños se trasladaban a “La Sierra”, como ciertos arrecifeños se instalaban en Puerto del Carmen). La mujer y los hijos podían pasar dos e incluso tres meses de holganza, mientras el marido acudía al trabajo cada día hasta que llegaba el permiso laboral de agosto.

Las actividades solían ser las propias de quien descansa: playa o montaña, siesta, ejercicio –sin exagerar–, lectura, paseos, partidas de cartas, tertulias, algunos extras culinarios o noctámbulos, etc. El relajo de los adultos –mayor desde luego que el de las adultas– se contraponía a la ebullición de los más pequeños, que gozaban de una libertad que escaseaba durante el invierno y se agrupaban en pandillas para disfrutarla. Pese a que, en general, cualquier tiempo pasado fue peor, esas vacaciones a la antigua bien podrían considerarse hoy uno de los paraísos pérdidos de la infancia.

Pero los tiempos cambiaron… y se fueron diluyendo las condiciones que hacían posible aquella manera de encarar las vaciones: las mujeres se pusieron a trabajar, los hijos se transformaron en un bien escaso y sus posibilidades de entretenimiento en solitario aumentaron de manera sorprendente, proliferaron las guarderías de verano, los viajes a mayores distancias dejaron de ser prohibitivos, las vaciones laborales comenzaron a repartirse en varios períodos a lo largo del año y, en fin, la recién adquirida riqueza de la mayoría de la sociedad abrió el abanico de opciones.

Y el resultado de la transformación social puede resumirse tan clara como concisamente: se acabaron las vaciones y llego el turismo. Se acabó el descanso estival y en estos días podemos observar cómo llega el personal agostado por la actividad turística. Y es que el turismo es una actividad ciertamente agotadora: viaje de una o dos semanas durante el cual hay que visitar cuantas piedras antiguas, museos o centros de atracción se pongan a tiro. Y si cansado resulta coleccionar todas las postales de un destino turístico para poder dar fe de la conquista, qué decir cuando el viaje trata de abarcar unos cuantos (sensacional oferta para “conocer” Praga, Budapest y Viena en ocho días): pues aquella frase de un turista que daba título a una vieja película: Si hoy es martes, esto es Bélgica. En efecto, extenuante.

Ahora bien, todo tiene remedio en esta vida. Y como razón llevan los nacionalistas al decir que la identidad cultural es una realidad, y como la de este país no destaca precisamente por la productividad laboral, pues aquí tenemos el trabajo para irnos reponiendo de la paliza de eso que seguimos llamando vacaciones.