Viernes, 21 de Septiembre de 2007

Conservadores, progres y cañas de bambú

Fernando Marcet Manrique

No me cuesta imaginar a Federico Jiménez Losantos como el más acérrimo de los comunistas, cuando este fue su credo (y uso el vocablo con toda la intención), allá en sus años mozos. Seguramente defendió los ideales marxistas con la misma pasión y entrega que hoy exhibe a la hora de criticar todo lo que huela a izquierda. Él atribuirá tal transición ideológica a un proceso evolutivo interno, consecuencias de la madurez, alegará, pero yo me atrevería a poner en duda la lógica de este argumento. En mi opinión, lo único que hizo el señor Losantos fue trocar una fe por otra, volcándose en ambas de igual modo y con el mismo fervor furibundo.

La revista Nature Neuroscience acaba de publicar un artículo en el que parece demostrar que existen dos tipos de personas en función de su estructura neuronal. Conservadores y liberales, vendría a ser la traducción de las dos palabras que la revista británica emplea para distinguir ambas tipologías. Aquí, en España, muchos periodistas al referirse a dicho estudio han sustituido el apelativo “liberales” por el de “progres”, imagino que por considerar este último más próximo a quienes en nuestro país se consideran “abiertos de mente”, que es lo que en definitiva viene a querer decirnos la revista Nature.

Lo malo de etiquetar conceptos es que muchas veces nos quedamos en la etiqueta, sin profundizar en lo que hay detrás de ella. Miramos el frasco y sólo por el nombre imaginamos qué es lo que hay dentro. A veces acertamos, pero a veces no. En este caso, las etiquetas “conservador” y “liberal”, o “progre”, pueden hacernos caer en esta clase de precipitación.

Por ejemplo, alguien podría pensar que Jiménez Losantos era liberal, o “progre”, cuando su ideología tiraba hacia la izquierda, y que con el paso de los años se volvió “conservador”. Sin embargo, yo creo que el locutor de la COPE era tan conservador antes como lo es ahora. Conservador en cuanto incapaz de seguir otro camino distinto al previamente marcado, incapaz de ver otras opciones excepto las asimiladas como propias, incapaz de asumir ni tolerar otra forma de ver las cosas que no sea la suya. Eso es lo que, para mí, significa ser conservador, y es a lo que, sin ninguna duda, se refiere la revista Nature cuando nos habla de “conservadores”. Veamos, si no, la metodología que los autores del artículo han seguido:

El experimento de estos neurólogos es bien sencillo. Ponemos a distintas personas frente a un episodio cotidiano de sus vidas, como por ejemplo ir de su casa al trabajo, y en un momento dado les introducimos un elemento imprevisto. Por ejemplo, una carretera cortada, un accidente de tráfico…, algo que les obligue a replantearse el esquema preestablecido y a improvisar soluciones alternativas.

Pues bien, aquellos individuos en los que se advertía mayor actividad neuronal eran los que en tests realizados previamente habían confesado tendencias políticas “liberales”, o “progres”, mientras los que políticamente se habían dicho conservadores, además de inferior actividad neuronal, mostraban más dificultades a la hora de imaginar distintas salidas ante la situación inesperada.

En definitiva, lo que distinguía a unos de otros es que los primeros se mostraban más activos, cerebralmente hablando, ante un escenario novedoso que los segundos. No es que necesariamente escogieran las mejores opciones, pero sí se planteaban un abanico más amplio, lo que les permitía tener más donde elegir.

Sin embargo, este experimento se hizo en el ámbito anglosajón, donde los conceptos “liberal” y “conservador”, son ligeramente distintos a los de aquí. Y es que nosotros creemos que la gente “de izquierdas”, o sea, los que se sienten próximos al socialismo en cualquiera de sus vertientes, son esos “liberales” anglosajones, o “progres”, como aquí decimos. Pero yo me lo miraría. Porque entre los socialistas hay individuos, y no precisamente pocos, que se abrazan a su ideología y a su camino preestablecido con la misma férrea convicción que los más obcecados tradicionalistas. Individuos incapaces de enfrentarse a la crítica (esos accidentes en el camino de tu casa al trabajo) de otra forma que no sea indignándose, insultando o recurriendo a cualquier forma de violencia, y que jamás se han replanteado sus propias creencias, porque eso requeriría demasiado tiempo y esfuerzo.

Por ejemplo, para mí existen pocas personas tan conservadoras como Fidel Castro, y ahí lo tienen, comunista convencido. Los fanáticos de la kale borroka son otro buen ejemplo, personajes que ondean ikurriñas con una mano mientras con la otra sostienen un cóctel molotov…, ¿qué individuo sería capaz de algo así si no tuviera una estructura ideológica más rígida que un armario empotrado? Sin embargo ellos se autodenominan “izquierda radical”. Y tan panchos. Estupidez radical les haría mejor justicia.

Tendríamos que revisarnos algunos conceptos porque, de verdad, para mi gusto en España andamos bastante despistados con el tema. Los anglosajones por lo menos lo tienen claro. Un republicano americano te diría sin cortarse un pelo: “Oiga, yo soy inflexible en mis ideas, y me gusta serlo. Me gusta ser coherente conmigo mismo y no estoy dispuesto a cambiar por mucho que me digan, porque yo soy así, y punto, soy conservador, vale y qué”. Pero en España no, en España hay tantos conservadores de izquierda como conservadores de derecha. Misma cabezonería, misma cerrazón intelectual, igualitos los unos que los otros, sólo que unos de izquierda, otros de derecha. Cada cual con su película, pero el mando no me lo quites porque es mío y mi peli es la que mola.

De todos modos, los que se llevan la palma son los nacionalistas, entre los que encontramos muy pocos (aunque haberlos haylos) que no sean conservadores hasta la médula. Y tampoco es de extrañar, cuando tienes en las tradiciones locales uno de tus principales baluartes.

Tal vez sería bueno recordar que el mundo se enfrenta a un reto completamente nuevo, como es el del calentamiento global. Un gigantesco accidente en el camino, ante el cual no valen las viejas formas. Es necesario hacer un esfuerzo global consciente por primera vez en la historia de la humanidad. Hay que dejar de invertir en energías fósiles, aunque salga más caro, hay que reinventar el automóvil para que no expulse tanta basura por su tubo de escape, aunque vaya más despacio. Hemos de replantearnos las políticas de crecimiento poblacional a nivel mundial y asumir el reciclaje como algo imprescindible, aunque sea un coñazo. Son muchos problemas nuevos ante los que no vale ser conservador y actuar como siempre se ha actuado. Yo empezaría redefiniendo, por aquello del poder del lenguaje, y en lugar del dualismo “conservadores frente a liberales”, emplearía el de “rígidos frente a flexibles”, porque creo que se adapta mucho mejor a la realidad y a las necesidades actuales. Las cañas de bambú soportan huracanes mientras los árboles más grandes sucumben pese a su tamaño y fortaleza. Las primeras son pequeñas, pero flexibles; los segundos son grandes, pero rígidos.