Lunes, 29 de Octubre de 2020

La estrategia del avestruz

Antonio Álvarez de la Rosa

[La Opinión de Tenerife, 28 de octubre de 2020]

Cuanto más siento el rechazo de la derecha española ante la implantación de la asignatura “Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos”, más me reafirmo en la urgente necesidad de cimentar el edificio de nuestra comunidad. Existe, por supuesto, toda una carpintería legal, propia de un Estado de Derecho, que apuntala derechos y deberes. Sin embargo, no solo de leyes se alimenta nuestra condición de ciudadano. El músculo de la convivencia solo se fortalece cuando lo ejercitamos a diario a través de sencillas prácticas que, vistas una a una, hasta pueden parecer intrascendentales. Como en la vida misma, desde el pianista hasta el panadero, desde el chófer hasta el escritor, todo es cuestión de práctica, porque sin entrenamiento, se produce la atrofia.

No se es ciudadano solo por nacer en un país protegido por un sistema democrático. Hay que ganarse esa condición desde la más tierna infancia hasta el último día. Al contemplar el video-testimonio de la agresión salvaje por parte de un joven catalán contra una adolescente ecuatoriana, ocurrida en un tren ante la impasibilidad de otro joven, me agarré a un par de reflexiones. La primera, la del testigo que ve, pero no mira, la de quien cree que la estrategia del avestruz le salva de su culpabilidad. Su inacción es significativa de la bajura moral a la que podemos llegar. He escuchado comentarios que intentan minimizar la generalidad de un comportamiento tan cobarde. Se basan en la alarma social causada. De momento, no dudo de una cierta excepcionalidad, porque la respuesta emocional e incluso ideológica ha sido contundente. Sin embargo y por desgracia, actitudes violentas, físicas o psicológicas, laborales o sociales, contra los inmigrantes pobres son más abundantes de lo que se refleja en el espejo de los medios de comunicación. Y es ahí donde está el peligro, donde anida el huevo de la serpiente que se incuba rápidamente al calor de la indiferencia. Toda gran lepra social no se produce de la noche a la mañana, empieza por un sarpullido. Le damos poca relevancia -hay asuntos mucho más importantes, como las banderas, la identidad o la ruptura de España-, miramos para otro lado y, cuando queremos reaccionar, ya es demasiado tarde. Ceguera histórica que, respecto al siglo XX, ya resumió Martin Luther King en su conocida advertencia: “No nos escandalizan tanto la maldad de las personas perversas cuanto el silencio de las personas honradas”. En este y en tantos otros casos, el chivo expiatorio es el inmigrante, el culpable, por ser diferente, de muchos de los males que nos aquejan. No es nada nuevo en el paisaje de la Historia, pero hay que subrayarlo porque somos muy olvidadizos. Hace setenta años, la figura del otro, diana de nuestras frustraciones, fue el judío una vez más. La sociedad siempre emite ruidos que no escuchamos. En este sentido, en Historia de un alemán (Destino, 2002) el gran periodista Sebastián Haffner cuenta un hecho que me parece un ilustrador resumen de los crujidos que no sentimos, de los olores que no percibimos cuando algo huele a podrido en una sociedad. Entre las solemnes paredes de la biblioteca del Senado berlinés, allá por los comienzos del nazismo, un par de casi adolescentes, escudados tras la camisa parda del fascismo, se acercan a un juez judío que estaba consultando unos libros y le agreden e insultan con brutalidad. Nadie salió en su defensa, nadie se enfrentó con aquellos cachorros depredadores. En ese instante, Haffner -un joven de la burguesía con un tranquilo futuro por delante- decidió marcharse de Alemania (La grandeza de su decisión se acrecienta al saber que su denuncia está escrita en los primeros años de su exilio en Londres, no desde la distancia, una vez pasada la tormenta que asoló Europa). Más allá de la tragedia personal del energúmeno barcelonés, su despreciable comportamiento puede que sacuda el polvo de la indiferencia. Puede, digo, porque lo normal es que un clavo informativo saque otro clavo emocional y dure poco la conmoción social.

La otra reflexión se basa en el hecho de que la ciudadanía, en el sentido del buen ciudadano, es el resultado de un aprendizaje que nos compete a todos. La lenta y sólida construcción de una comunidad no se desarrolla solo en el seno de la escuela, pilar esencial, pero insuficiente. Sobre todo, porque no es igualitaria y porque su papel básico es la transmisión del saber. Fuera de las aulas, el reto consiste en acostumbrarnos desde la niñez a constatar que existe la otredad en la calle, que la casa no puede ser un búnker aislado de la realidad inmediata, que hay que conocer y saludar a los vecinos, comprar en las tiendas del barrio, socializarnos al andar por nuestro entorno, no caminar con las anteojeras de la caballería, mirar alrededor, frecuentar los espacios urbanos donde se amasa la convivencia -existen otros lugares comunes, más acá de los centros comerciales-, depositar la basura en los lugares indicados y no desentenderse de ella, poner flores en un balcón para alegrar(se) la vista, exigir el respeto por los bienes públicos, no trepanar otros tímpanos con nuestros decibelios particulares, escuchar a los demás, en lugar de amurallarse detrás de nuestra opinión. Estas y muchas otras pequeñas y fáciles prácticas pueden ser como gotas de aceite que lubriquen la complicada maquinaria del vivir con los demás. De lo contrario, corremos el seguro y generalizado riesgo de conductas antisociales como la de ese joven de Barcelona.