José Naranjo
[La Provincia, 8 de noviembre de 2007]
Existe una perversión todavía peor que empujar a la muerte a miles de personas, que es empujar a la muerte a miles de personas y luego echarles la culpa a otros. Eso es precisamente lo que hizo ayer Consuelo Rumí cuando le preguntaron por la muerte de 53 personas en un cayuco y es lo que hacen siempre las autoridades europeas ante catástrofes como ésta. Porque, siendo justos, tampoco es culpa de ella que, la verdad, no da para más. La secretaria de Estado de Inmigración se limitó a repetir el discurso aprendido en estos casos, que todo es culpa de las mafias, organizaciones criminales integradas por supuestos sinvergüenzas que explotan y engañan a decenas de miles de jóvenes africanos para que se suban a los cayucos en un viaje incierto.
Esto es una gran mentira, una ficción construida desde Europa para tapar la verdad, una cortina de humo que pretende ocultar la responsabilidad que el Primer Mundo tiene ante este mar de muertos sin fin.
Los 50.000 jóvenes que en los últimos dos años se han subido a un cayuco rumbo a Canarias y los otros tantos que esperan para hacerlo estarían encantados de venir en avión, repatingados cómodamente en un asiento de la clase turista. Les saldría más barato y correrían menos riesgos. Pero Europa, que se ha convertido en una fortaleza inexpugnable con sus policías, sus vallas y sus leyes de Extranjería, les niega sistemáticamente esa opción. Lo decía ayer en este periódico el juicioso padre Jerome: “A los africanos se lo están poniendo cada vez más difícil”. Así que se tienen que jugar la vida en el único camino que les dejamos para llegar al mundo soñado.
Pero es una opción libremente elegida. Nadie les engaña ni les explota. En las comisarías de Nuadibú, en los humildes astilleros del barrio de pescadores senegalés de Guet Ndar, en las casas de adobe de la isla de Diogué, en la desembocadura del río Casamance, en los refrescantes patios de los poblados soninké de la región malí de Kayes, en las chabolas de Bamako y en la atestada frontera de Rosso entre Mauritania y Senegal. En todos esos sitios se oye la misma letanía. “Sabemos que podemos morir en el mar, pero seguiremos intentándolo. Nuestra vida está en manos de Alá”. Eso no hay Frontex que lo pare.
Plácido
8:30 | 9 Noviembre 2007 | Permalink
Además de sesgado y fofo, el discurso de las mafias manipuladoras es humillante con aquellos que se la juegan para venir a Europa, al tildarlos de gilipollas.
www.lanzalo.net
10:02 | 9 Noviembre 2007 | Permalink
La gran mentira…
Existe una perversión todavía peor que empujar a la muerte a miles de personas, que es empujar a la muerte a miles de personas y luego echarles la culpa a otros. Eso es precisamente lo que hizo ayer Consuelo Rumí cuando le preguntaron por la muerte …
Natalia Jiménez
16:22 | 9 Noviembre 2007 | Permalink
Se vulnera su derecho a emigrar, reconocido por la ONU. Se pasa la pelota a los países que tienen la desgracia de perder a su mano de obra más preparada, y en cuanto tenemos un problema como nuestra deficiente sanidad, se echa la culpa sin ninguna base, a los recién llegados. Así las victimas somos nosotros que estamos siendo invadidos en vez de ellos que arriesgan su vida para poder ejercer su derecho a emigrar.