Viernes, 14 de Agosto de 2026

El mar de Lanzarote vuelve al centro del debate sobre cómo se protege la isla

Redaccion

Costa volcánica y aguas de Lanzarote frente a La Graciosa

Los resultados del proyecto AMPLÍA de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria han devuelto al primer plano una pregunta que Lanzarote conoce bien: hasta dónde debe llegar la protección del mar que rodea la isla. El trabajo propone ampliar las reservas de la biosfera marinas de Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote-La Graciosa hasta los límites de la zona económica exclusiva española en torno al archipiélago.

La propuesta no parte de un espacio vacío. La ficha oficial de la Reserva de la Biosfera de Lanzarote de la UNESCO recuerda que la isla y los islotes del norte forman parte de la reserva desde 1993 y que su superficie marina alcanza 38.700 hectáreas. También destaca la riqueza de los fondos someros, una parte del paisaje insular que casi nunca se ve desde tierra.

Al noreste de Lanzarote, los Sebadales de La Graciosa descritos por el Ministerio para la Transición Ecológica ocupan 1.191,99 hectáreas y están declarados Zona Especial de Conservación desde 2011. Es un ejemplo concreto de que proteger el mar no consiste sólo en dibujar una línea, sino en identificar hábitats, ordenar usos y revisar cómo evoluciona cada espacio.

AMPLÍA es una propuesta científica, no una ampliación ya aprobada. Esa diferencia importa. Antes de cambiar límites o normas tendrán que hablar administraciones, investigadores y sectores vinculados al mar, y la discusión deberá explicar con claridad qué se quiere conservar y cómo afectaría a cada actividad.

Para Lanzarote, el valor de este debate está en pasar del mapa a la vida diaria. La pesca artesanal, la navegación, el turismo y la investigación comparten un territorio frágil. Una protección eficaz necesita vigilancia, datos accesibles y reglas comprensibles, no sólo una nueva etiqueta.

El mar forma parte del paisaje de la isla aunque quede fuera de la fotografía habitual de volcanes y viñedos. Cuidarlo exige la misma paciencia con la que Lanzarote ha aprendido a vivir con un suelo difícil: medir antes de actuar, escuchar a quienes lo conocen y corregir cuando los impactos dejan de ser asumibles.

La oportunidad está en convertir la propuesta en una conversación pública bien informada. Si la protección crece, también deben crecer la explicación, el seguimiento y la participación local que le den sentido.