Miércoles, 14 de Junio de 2006

Yo sí, tú no: enchufismo, incompetencia y xenofobia

Luis Arencibia Verdú

¿Para que sirven las administraciones locales en lugares como Lanzarote? La respuesta es obvia: para repartir puestos de trabajo. No es, lógicamente, la única función que desempeñan, pero es de sobra conocido que todas las demás están supeditadas a ésta. Entre dos aspirantes a un puesto, uno cualificado y otro con enchufe, cualificado o no, la elección es la misma reiteradamente. De esta forma, no es que simplemente se pierdan oportunidades para aumentar la cualificación media de los responsables del funcionamiento de los servicios públicos. La cuestión es que cada enchufado, independientemente de sus capacidades, con la firma de su contrato acepta una cláusula que no está escrita, pero que es la más importante del trato: no morderás la mano que te da de comer. Aún en el caso de que reúna toda la buena voluntad y las capacidades del mundo, se dará cuenta rápidamente de que lo que se entienda por morder la mano lo establecerá, a su libre albedrío, el dueño de la misma. Y que si ha accedido a ocupar vacante por medio de la influencia no habrá sido precisamente para centrarse en la mejora del funcionamiento de nada.

Lo previsible es que el bienintencionado principiante se instale rápidamente en la dinámica del oposicionismo – “son todos unos incompetentes”, “de esta manera es imposible hacer nada”, etc.– con lo cual desplazará rápidamente las responsabilidades de sus actos hacia otros, y ya estará listo para justificar ante sí mismo su propia incompetencia. Y a seguir viviendo tranquilamente, como los que llegaron antes que él. Esto en el caso de los bienintencionados en principio, que los hay. En todo caso, entre unos y otros –idealistas desengañados y trepas sin escrúpulos– conformarán unas administraciones inmunes a la crítica.

Por medio del enchufismo se vendrían a suplir las necesidades más apremiantes de las dos partes implicadas. Por una parte, los responsables políticos ganan lealtades y, por otra, los empleados se aseguran el sustento, de por vida en la mayoría de los casos. Realmente, el sistema es todo ventajas, porque reduce espectacularmente los esfuerzos que ambas partes tienen que invertir para conseguir sus fines. Ni el político tiene que hacer ningún alarde de gestión para ganar puntos, ni el aspirante debe demostrar méritos para ser merecedor de un puesto de trabajo.

Para que Jauja sea sostenible en el tiempo, se me plantean dos requisitos. Por una parte, se hace necesario un incremento de la población, que haga aumentar los recursos disponibles y las necesidades a satisfacer por las administraciones, obviamente, a través del correspondiente engorde de plantillas. Por otra, es preciso que los que lleguen no sean tenidos en cuenta en la competición por las plazas que vayan surgiendo. Nada mejor para esto que proclamar la superioridad en derechos de los nativos, más allá de sus defectos o virtudes.

Dada la dinámica del enchufismo, y en presencia de los recién llegados, se acaba por establecer una parte dominante, compuesta por los que tienen medios para competir por las plazas –casi exclusivamente nativos–, que se impone a la parte débil, sin apenas capacidad para acceder a ellas –personas inmigradas–. Paradójicamente, el incremento en el número de los segundos hace que aumenten las posibilidades para los primeros.

Muchos y muy variopintos son los argumentos con los que la parte privilegiada trata de dar carta de legitimidad a la situación. Pero el recurso estrella, inmune a los argumentos, porque se trata de un dogma, es que los nativos, simple y llanamente, tienen más derechos que el resto. Por lo que no estarían defendiendo privilegios, sino derechos legítimos. Para quien tenga dudas al respecto, la prueba de que el sistema, a pesar de ser injusto e ineficaz, se mantiene gracias a la discriminación de gran parte de la población, se obtiene al imaginar qué pasaría si, por misteriosas razones, se enchufara indiscriminadamente, más allá del lugar de procedencia.

Muchos de los conformes con el actual estado de cosas aceptarán discutir el asunto, pero muy pocos con la intención de cambiar de criterio. Las escalas de valores son resistentes al cambio porque a partir de ellas construimos nuestra visión de la realidad, y justificamos nuestros actos. Evidentemente, la elección de unos valores sobre otros no es casual. Difícilmente va a prosperar la igualdad en un entorno de normas ambiguas y competencia feroz. En cambio, cualquier plus –y aún más si es algo tan sencillo como reivindicar el lugar de nacimiento– será recibido como agua de Mayo. Aun cuando uno pueda ser también tratado injustamente, es tranquilizador saberse en bando, a priori, ganador.