Luis Arencibia Verdú
¿Para que sirven las administraciones locales en lugares como Lanzarote? La respuesta es obvia: para repartir puestos de trabajo. No es, lógicamente, la única función que desempeñan, pero es de sobra conocido que todas las demás están supeditadas a ésta. Entre dos aspirantes a un puesto, uno cualificado y otro con enchufe, cualificado o no, la elección es la misma reiteradamente. De esta forma, no es que simplemente se pierdan oportunidades para aumentar la cualificación media de los responsables del funcionamiento de los servicios públicos. La cuestión es que cada enchufado, independientemente de sus capacidades, con la firma de su contrato acepta una cláusula que no está escrita, pero que es la más importante del trato: no morderás la mano que te da de comer. Aún en el caso de que reúna toda la buena voluntad y las capacidades del mundo, se dará cuenta rápidamente de que lo que se entienda por morder la mano lo establecerá, a su libre albedrío, el dueño de la misma. Y que si ha accedido a ocupar vacante por medio de la influencia no habrá sido precisamente para centrarse en la mejora del funcionamiento de nada.
Lo previsible es que el bienintencionado principiante se instale rápidamente en la dinámica del oposicionismo – “son todos unos incompetentes”, “de esta manera es imposible hacer nada”, etc.– con lo cual desplazará rápidamente las responsabilidades de sus actos hacia otros, y ya estará listo para justificar ante sí mismo su propia incompetencia. Y a seguir viviendo tranquilamente, como los que llegaron antes que él. Esto en el caso de los bienintencionados en principio, que los hay. En todo caso, entre unos y otros –idealistas desengañados y trepas sin escrúpulos– conformarán unas administraciones inmunes a la crítica.
Por medio del enchufismo se vendrían a suplir las necesidades más apremiantes de las dos partes implicadas. Por una parte, los responsables políticos ganan lealtades y, por otra, los empleados se aseguran el sustento, de por vida en la mayoría de los casos. Realmente, el sistema es todo ventajas, porque reduce espectacularmente los esfuerzos que ambas partes tienen que invertir para conseguir sus fines. Ni el político tiene que hacer ningún alarde de gestión para ganar puntos, ni el aspirante debe demostrar méritos para ser merecedor de un puesto de trabajo.
Para que Jauja sea sostenible en el tiempo, se me plantean dos requisitos. Por una parte, se hace necesario un incremento de la población, que haga aumentar los recursos disponibles y las necesidades a satisfacer por las administraciones, obviamente, a través del correspondiente engorde de plantillas. Por otra, es preciso que los que lleguen no sean tenidos en cuenta en la competición por las plazas que vayan surgiendo. Nada mejor para esto que proclamar la superioridad en derechos de los nativos, más allá de sus defectos o virtudes.
Dada la dinámica del enchufismo, y en presencia de los recién llegados, se acaba por establecer una parte dominante, compuesta por los que tienen medios para competir por las plazas –casi exclusivamente nativos–, que se impone a la parte débil, sin apenas capacidad para acceder a ellas –personas inmigradas–. Paradójicamente, el incremento en el número de los segundos hace que aumenten las posibilidades para los primeros.
Muchos y muy variopintos son los argumentos con los que la parte privilegiada trata de dar carta de legitimidad a la situación. Pero el recurso estrella, inmune a los argumentos, porque se trata de un dogma, es que los nativos, simple y llanamente, tienen más derechos que el resto. Por lo que no estarían defendiendo privilegios, sino derechos legítimos. Para quien tenga dudas al respecto, la prueba de que el sistema, a pesar de ser injusto e ineficaz, se mantiene gracias a la discriminación de gran parte de la población, se obtiene al imaginar qué pasaría si, por misteriosas razones, se enchufara indiscriminadamente, más allá del lugar de procedencia.
Muchos de los conformes con el actual estado de cosas aceptarán discutir el asunto, pero muy pocos con la intención de cambiar de criterio. Las escalas de valores son resistentes al cambio porque a partir de ellas construimos nuestra visión de la realidad, y justificamos nuestros actos. Evidentemente, la elección de unos valores sobre otros no es casual. Difícilmente va a prosperar la igualdad en un entorno de normas ambiguas y competencia feroz. En cambio, cualquier plus –y aún más si es algo tan sencillo como reivindicar el lugar de nacimiento– será recibido como agua de Mayo. Aun cuando uno pueda ser también tratado injustamente, es tranquilizador saberse en bando, a priori, ganador.
LZ-III
9:31 | 14 Junio 2006 | Permalink
El artículo me parece muy bueno. Pero tiene un problema: en estos tiempos en los que Adán Martín y Construcciones Canarias no avisan del peligro que corremos. Porque si puede brotar la xenofobia por el hecho de que vengan inmigrantes, imagínense lo que no brotará si les diéramo trabajos pata negra. Lo siento Don Luis, pero es una propuesta peligrosa en exceso. Vale que es justa, y que es indecente lo que hacemos, pero hay que aceptar la realidad: necesitamos mantener nuestros privilegios para que no nos dé por ser xenófobos. Como ve, son privilegios que están justificados por una buena causa.
Ambrosio
10:01 | 14 Junio 2006 | Permalink
Muy buena descripción de lo que ocurre en las administraciones públicas locales. Lo peor es que no hay mucha salida. Estamos abocados a ello.
Lola
12:02 | 14 Junio 2006 | Permalink
Para demostrar que no somos xenófobos lo que tenemos que hacer es darles los trabajos en las administraciones a los de fuera y dejar en la calle a los canarios. Genial la solución. Yo debo ser xenófoba según lo ve el que escribe porque a mi lo normal me parece preocuparse primero por los de tu tierra y luego por los que vienen de fuera, que sí que hay que atenderles, pero no antes que a los de aquí. Eso es lo que pienso, y creo que es lo lógico en cualquier sitio.
Ambrosio
12:10 | 14 Junio 2006 | Permalink
Estoy con Lola, los puestos del Ayuntamietno de Arrecife primero para los arrecifeños y luego para los de San Bartolomé, Teguise, Haría…En el Ayuntamiento de Haría, lo mismo. Y así hasta la eternidad.
Para el Cabildo deberíamos seguir similares ratios a los electorales. De cada 10 plazas públicas 5 a Arrecife, 2 a Tías, 1 para Haría-Tinajo, otra San Bartolomé y otra para Teguise. A los de Yaiza les damos cualquier puesto en la administración regional y andando.
La eficacia y la eficiencia? ese es otro tema. ¿Pero para qué queremos administraciones eficientes?
S.G.
13:38 | 14 Junio 2006 | Permalink
“lo normal me parece preocuparse primero por los de tu tierra y luego por los que vienen de fuera, que sí que hay que atenderles, pero no antes que a los de aquí. Eso es lo que pienso, y creo que es lo lógico en cualquier sitio”.
Que el trabajo en Lanzarote es primero para los de aquí, responde, más que a la lógica, a una falacia.
Una falacia que apela a “emociones y a factores geográficos”, ofreciéndonos razones para creer en la proposición: “Primero nosotros y después los otros”.
El razonamiento lógico, que no es una ley absoluta, nos confirmaría que sería igual de “lógico” pensar que los inmigrantes, al igual que hicieron un día los canarios, encuentren un trabajo en función de sus condiciones y oportunidades, y no por su lugar de procedencia, o los años que lleven residiendo en la isla.
Y sí, es xenófobo ver a los inmigrantes como competidores desleales en los puestos de trabajo, echarles la culpa de los bajos sueldos así como de la precariedad de los contratos, y es xenófobo, excluirlos de puestos de trabajo sólo por no ser de aquí, y no por su valía.
Y es que la lógica, no es un conjunto de reglas que gobiernan el comportamiento humano, de ahí que haya inmigrantes (gobernados por la necesidad) y xenófobos (gobernados por incompetentes en administraciones ineficientes).
alfil
19:48 | 14 Junio 2006 | Permalink
Yo no creo que el enchufismo tenga nada que ver con la xenofobia. O al menos no tanto. Es una cuestión de intereses más mundanos. Yo te doy trabajo a tí, tú me das tus votos y los de tu familia. Cuando haya inmigrantes suficientes empadronados en los distintos municipios, con familias lo bastante numerosas, ya verás como les ofrecen puestos de trabajo a estos también. Eso sï, a cambio de sus votos, que no son de castidad, pero casi (no me pondrás los cuernos con otro partido). Así es como han perpetuado algunos alcaldes sus privilegiados puestos.
miguel
20:11 | 14 Junio 2006 | Permalink
Ahí tienen a los empleados de los centros de arte y turismo todos revolucionados porque les quieren poner seis directivos “de fuera”. Para una vez que alguien quiere hacer las cosas bien hechas, y sin que sirva de precedente, ahí tienen a los señoritos, que ganan poco y trabajan demasiado (hay que joderse), protestando porque dicen que lo justo sería que esos puestos directivos los cubrieran ellos, mediante una promoción interna. Y están preparando una huelga que dejaría a la isla sin el que todavía es su principal atractivo turístico.
Luis
20:28 | 16 Junio 2006 | Permalink
Evidentemente, si creo que hay relación Alfil entre enchufismo y xenofobia, y Lola lo expresa claramente en lo que dice. Mejor dicho en lo que no dice. A Lola no parece preocuparle demasiado, ya que no lo menciona, el hecho de que el enchufismo arruine posibilidades presentes e hipoteque futuras. Siempre que nos “preocupemos” por los nativos, frente a los inmigrantes. Que en cualquier caso parece ser que éstos podrían aspirar a puestos de trabajo públicos sólo cuando el último lanzaroteño de pura cepa, por incompetente o vago que sea, haya sido colocado.
A propósito, ese sorprendente eufemismo para designar a un acto de corrupción (todo lo normalizado y banalizado que se quiera, pero corrupción al fin y al cabo) no es casual, ni mucho menos. Evidencia la posición inicial indispensable para justificar posturas xenófobas: el victimismo. Mediante el cual se distorsiona la realidad hasta colocar al colectivo al que se pertenece en un papel de parte perjudicada. En una presunta situación de injusta desventaja frente a la cual no tiene posibilidades de defenderse.
Entonces la trampa y el abuso se convertirían en medios legítimos para defenderse…. O para preocuparnos, como dice Lola, a quienes hace falta que les atiendan, porque en situación de igualdad parece que serían incapaces de defenderse.
Realmente es justo al contrario, quienes están jodidos son quienes no disponen de los vínculos sociales para ser enchufados. Pero aún así ellos siguen siendo la amenaza en el imaginario xenófobo.
La postura de Lola no es, ni mucho menos, minoritaria. Y no es que crea que hay por ahí un montón de gente perversa, dispuestos a apalear inmigrantes a la mínima. La cosa, por usar de nuevo la palabra, es más mundana. Usamos a los inmigrantes, o gran parte de la sociedad lo hace, para justificar una concepción de las administraciones públicas que es de república bananera. Como lugares en los que lo que prima es el provecho individual. Cuando, si están ahí, es para que prime exactamente todo lo contrario.
“La amenaza exterior” sirve de excusa para justificar lo injustificable. Pero es que es siempre así. Los grupos se discriminan unos a otros para conseguir o conservar ventajas. Y esta es la base de los planteamientos xenófobos.