Miguel Ángel de León
[Crónicas de Lanzarote, 18 de septiembre de 2006]
El nuevo Estatuto canario es calcadito, punto por punto y coma por coma (mal colocadas en muchos casos, a fe mía) del dichoso Estatut de los c. (catalanes, se sobrentiende). Después de Canarias, Cataluña es la región española que mejor conozco. Y sus cuatro provincias. Y Barcelona, principalmente. Y el Barça, futbolísticamente. Hace apenas unos días que llegué de la enésima visita a la Ciudad Condal. Puedo hablar, pues, con un relativo conocimiento de causa sobre esa penúltima polémica inútil en torno al dichoso o estulto y estólido Estatuto. Y puedo decir que no veo ni leo (y leo más de lo que me recomienda el médico) ni una palabra convincente por parte de sus defensores, lo cual no obsta para que los contrarios al mismo no se prodiguen a su vez en exageraciones mil.
Hagamos un pizquito de memoria, no más. A finales de 1997 se aprobaba oficialmente la denominada nueva ley del catalán, que salió adelante a pesar de la oposición del PP y, por razones distintas y distantes, de la Izquierda/Ezquerra Republicana de pobres personajillos como el Carod Rovira. Por aquel entonces se volvió a montar tamaña carajera a cuenta de ese cuento, cuando llegaron los tirios y los troyanos de la política e inventaron un problema allí donde no lo había. La frase ya es un lugar común: el científico busca siempre una solución para cada problema, mientras que el político encuentra siempre un problema para cada solución. Estábamos una vez más ante otro falso debate que les debemos a esos actores, como hacen por aquí abajo los adalides necionalistas del “culo veo, culo quiero”, algunos de los cuales, en pleno delirio etnomaníaco, andan por ahí haciendo el ridículo hablando un idioma guanche que nunca existió como tal, ni estructurado ni homogéneo en todo el Archipiélago, pues cada isla era un mundo aparte y difícilmente podía darse una patria canaria, strictu sensu, histéricos delirios antihistóricos aparte.
De último, acaso imitando al que gritaba en el desierto, luchadores contra la dictadura franquista como el actor Albert Boadella o el columnista Arcadi Espada se han sumado a la denuncia contra la dictadura nacionalista y el discurso políticamente correcto (o sea, ombliguista), ante la pretensión uniformadora de ese nacionalismo que Einstein llamó enfermedad infantil y peste de la Humanidad.
El aburrimiento debe ser el sino de las pomposa y graciosamente denominadas nacionalidades históricas, que es otro ejemplo curioso del abuso del lenguaje porque tamaño disparate sólo se entendería si las demás estuvieran fueran de la historia. Ahora son los parlamentarios catalanes quienes se han vuelto ordenancistas hasta la extenuación, y terminarán convirtiendo una lengua milenaria, otra hija del viejo latín que se defiende por sí sola y se entiende con las demás con naturalidad, en una jerga de funcionarios y funciones subvencionadas, de uso reglado hasta el ridículo.
Ningún pueblo tiene lengua propia. Ninguna lengua pertenece a la esencia de un pueblo porque tal engendro –la esencia– no existe. Ninguna lengua determina la identidad porque no hay identidad que no sea permanentemente cambiante. Ninguna lengua determina la visión del mundo ni hace distinto a quien la usa. Tienen lengua propia y, paradójicamente, necesitan leyes para que se use. Y subvenciones para que se escriba. Y sanciones indirectas para que se obedezca.
Lo decía tiempito atrás en “Interviú”, una revista que se edita precisamente en Barcelona, Joaquín Sabina: “Carod Rovira no es de izquierdas ni republicano, sino simplemente nacionalista, que es un pecado que no debería cometer nadie de izquierdas”. Amén.
Jorge Marsá
10:50 | 19 Septiembre 2006 | Permalink
Efectivamente, los que tienen lengua propia son los hablantes, no entes metafísicos como la nación. Y en Cataluña, hay hablantes que tienen el catalán como lengua propia y los hay que tienen el español. El intento de convertir una de las dos en lengua propia de la comunidad no es más que la constatación de lo mal que casa el nacionalismo con la defensa de las libertades de los individuos.
El intento de los nacionalistas catalanes (del cuatripartito) por imponer el catalán en la vida pública ha encontrado su entorno preferido en las escuelas e institutos (aunque ahora que ha salido ERC del gobierno, los socialistas plantean ya el asalto definitivo a la Universidad).
Pues bien, los resultados están siendo curiosos: hace unos meses se conocía un documento interno de la Consejería de Educación (dirigida por ERC), en el que se venía a decir que estaban ganando la batalla del catalán en las aulas, pero la estaban perdiendo en los patios. El informe reflejaba una situación que les parecía preocupante, con razón: los chichos estaban comenzando a percibir el catalán como la lengua de la autoridad, la que el poder trataba de imponerles, y su forma de rebelarse era utilizar el español en los patios de los colegios (que además les permitía entenderse a todos sin excepción). En fin, que el intento nacionalista, pese a todo el apoyo institucional, no va a tener fácil lograr su objetivo: convertir el español en lengua marginal en Cataluña.
Antinacionalista
11:26 | 19 Septiembre 2006 | Permalink
Según Alfonso Guerra, en su último libro de memorias “Dejando atrás los vientos”, existen cinco tipos de nacionalismo. El español, histórico patriótico; el nacionalismo vasco, histórico étnico, apoyado en la raza y con fuerte apoyo de la Iglesia Católica, un nacionalismo de apellidos; el nacionalismo catalán, histórico económico, sostenido por el sector económico y empresarial; el gallego, histórico cultural, con el sustento de intelectuales y artistas; y el nacionalismo de la igualación (es una denominación metafórica), nuevo, actual, reivindicativo de la oportunidad (”lo que alcancen los otros, también lo quiero yo).
Lo que no pasaría de ser un apoyo sentimental, prosigue Guerra, al lugar de nacimiento, a la patria chica, se ha convertido, en el Estado de las Autonomías, en una competición que arriesga acabar con la noción histórica de la nación en España.