Domingo, 18 de Junio de 2006

De tetas

Job Ledesma

[La Opinión de Tenerife, 17 de junio de 2006]

Hay un anuncio de periódico con la foto de un escote sobre pechos pronunciados y un lema que dice: “Lo único que tenemos pequeño es el precio”. No están solos. Con el advenimiento del Mundial de san Xavi y amén, a alguien más se le ocurrió la idea de poner otra colección de escotes anónimos bajo la leyenda de: “Tenemos la mejor delantera del Mundial”. Rumiando estas tonterías subo a un taxi, cruza una señora de opulentas formas por el paso de peatones y el taxista dice: “Esas son las tetas que a uno le gustaría encontrarse cuando vuelve de madrugada de pescar”. No te queda más remedio que empezar una conversación sobre si es cierta la leyenda de que el perímetro torácico de las canarias es mayor al de las peninsulares o no.

Ahora que se avecina el verano y por tanto la temporada de las noticias sin sentido sobre investigaciones absurdas, sería interesante conseguir algún estudio sobre la fascinación que las tetas provocan en el varón heterosexual medio, un cariño que cuenta con un amplio respaldo en el refranero popular que paso de reproducirles.

En lugar de titulares tan perspicaces como: “El ruido prolongado y continuo produce trastornos mentales”, algo así como: “A los hombres les gustan las tetas por una deformación en el hipotálamo que también les empuja también a gritar ¡gooollllllrgggg!”.

Así estamos los hombres, con las miradas perdidas en los escotes de ellas y con el semen hecho una piltrafa. Los hombres, casi todos los hombres somos esos seres vivos capaces de hablar de tetas durante un rato o de comentar durante media hora las influencias del nuevo balón en la cantidad de goles desde fuera del área en este bendito Mundial.

Después de 34 años de ser hombre y de conocer a muchos hombres, la única conclusión a la que puedo llegar es que somos así de burros y punto. Puede que existan hombres más sensibles que tuerzan el gesto cuando sale el tema de las tetas, puede incluso que existan varones a quienes no les gusta el fútbol ni un fisquito, pero la normalidad es lo otro.

La única ventaja es que el tiempo y la civilización nos va domesticando, pero no en desviar las miradas de los escotes y en dejar de seguir alelados el vuelo del balón del Mundial, sino en que lo intentamos disimular de cierta manera. Ni metrosexualidad ni gaitas, ni nueva sensibilidad ni puñetas, por los siglos de los siglos seguiremos con la mirada fija en las tetas y buscando sustitutos a la guerra menos sangrientos, como el fútbol. No damos pa´ más.