Fernando Marcet Manrique
Una sociedad o cultura que prescinde de la mujer se merma a sí misma gravemente. Una sociedad o cultura que mantiene a la mujer secuestrada, acallada, incapaz de intervenir en la vida pública o siquiera privada es una cultura o sociedad a medias. Es como un animal de un solo ojo, una sola pierna, un solo brazo.
Por las razones que sean, la mujer tiene una visión particular del mundo. Como el hombre tiene la suya. Llámenlo necesidades biológicas, genética forzosa, lo que sea. De lo que se trata es de que por separado hombres y mujeres ven la realidad desde puntos de vista diferentes. No radicalmente, pero sí sustancialmente. E igual que hacen falta dos ojos para una visión tridimensional de la realidad, y por lo tanto más cercana a su verdadera naturaleza, estos dos puntos de vista, el del hombre y el de la mujer, cuando se ponen en común a igualdad de condiciones, evitando prejuicios o preconcepciones, dotan a la cultura que los alberga de una clarividencia sin parangón. No nos pondremos místicos hablando del ying y el yang, el día y la noche, etc, etc…, pero creo que nos sería útil contemplar la posibilidad de que si en la naturaleza hay tantos antagonismos duales, aparentemente opuestos y sin embargo complementarios, es por alguna razón no meramente reproductora. Incluso podríamos ir un poco más allá y esbozar alguna pseudoteoría del tipo “la reproducción sexual no deja de ser la metáfora más perfecta de como sólo de los opuestos más radicales puede surgir algo verdaderamente nuevo”. Y llevar esta teoría al paroxismo hablando de los polos positivos y negativos necesarios para que surja la energía eléctrica. En fin, no llegaremos tan lejos en este escrito. Sólo lo menciono por decir algo. Llenar líneas, ya saben.
Continuando este razonamiento se nos plantea una cuestión. ¿Cómo podemos conseguir que estas dos visiones particulares del mundo puedan intervenir en igualdad de condiciones tanto en la vida pública como en la privada? La respuesta no deja de ser obvia. Partiendo de un solo origen, el del respeto mutuo. Volviendo al ejemplo ridículo, pido disculpas por ello, lejos iría una pila si su polo negativo se obstinara en mantener al positivo lejos de cualquier intervención cotidiana.
Por decirlo de una vez, esta trabajada disertación viene al caso porque me toca bastante “la moral” ir por la calle y tener que soportar cómo una serie de seres humanos masculinos, y no diré nada más para evitar daños colaterales, declama, gesticula y exhorta al paso de una cualesquiera ser humano femenino, que lejos de sentirse alagada, no tiene más opción que acelerar el paso ruborizada o cambiar de acera con muy poca elegancia.
Y no es cuestión de sojuzgar a los individuos en cuestión, autores de tales aspavientos, pues hemos de considerar que ellos son fruto de otras educaciones, hijos de otras enseñanzas. Pero tampoco significa que debamos mirar hacia otro lado melindrosamente, por miedo a ser considerados poco sensibles a las comunidades foráneas. Simplemente se trata de analizar los hechos fríamente, sin caer en la generalización, ni en la perorata moralista. Aleccionar desde la razón, haciendo ver al aleccionado las razones del aleccionamiento, que no son fruto del capricho o de la rabia malsana, sino de un meditado y concienzudo estudio.
Así, yo diría, si tuviera la ocasión de ser escuchado en un entorno óptimo, y no acuciado por la indignación y el arrebato del momento, que no puedo estar conforme, y como yo muchísima gente, con esas actitudes de las que fui testigo. Y no por tontería, sino porque considero el respeto a la mujer, y como yo muchísima gente, del mismo modo que consideraríamos el respeto de la mujer hacia el hombre si fuera menester, una de las bases sobre las que ha de cimentarse cualquier sociedad próspera, digna de llamarse sociedad, no diré ya moderna o cualquier otra cosa.
Es cierto que a veces puede la naturaleza y uno no puede evitar expresar su atracción hacia alguien del sexo opuesto (o propio) de forma más o menos explícita. Pero para eso están las restricciones que uno debe autoimponerse en este como en otros muchos casos. Y ojo que no estamos hablando aquí de abstinencias o de otros asuntos puritanos. Sino únicamente de respeto. Cualquier persona, mujer u hombre, debe tener el derecho a caminar por la calle sin que una panda de individuos desconocidos la hagan sentirse incómoda o violentada hasta en lo más profundo de su ser. Cualquier persona tiene el derecho a ir por la calle vestida como le de la gana sin que le llamen esto o lo otro ¿O es que habrán las mujeres de vestir todas con burka para que nadie las pueda acusar de ir provocando? Del mismo modo que la civilización supo enseñar al macho a no ir por ahí violando a la primera hembra que se le ponía por delante, debe ahora intervenir para que estos actos que no son sino actos en los que se falta al respeto aparatosamente se repitan una y otra vez.
Jamás usaría yo palabras como indecencia u otras del estilo propias de quien poco se rige por la razón. Tampoco estoy desde aquí abogando porque los hombres o las mujeres no puedan expresar su deseo hacia alguien del sexo opuesto o propio. Lo que defiendo es únicamente que hay formas y maneras. Formas y maneras que denotan respeto, formas y maneras que son pura violencia verbal. No es muy difícil distinguir entre unas y otras si se está mínimamente instruido. Así pues, es nuestra labor, la labor de quienes ya aprendimos esta lección, seamos de fuera o de dentro, enseñar a quienes todavía la desconocen, vengan de fuera o de dentro. Sí, con buenas palabras y mejores argumentos, pues la palabra hace ya muchos años que dejó de entrar, afortunadamente, con sangre. Pero aun así, sin la menor vacilación por nuestra parte y, por supuesto, sin confundir las cosas llamando puritanismo a lo que sólo es búsqueda de respeto mutuo, o racismo a lo que sólo es incompatibilidad cultural obligatoriamente subsanable. Porque no olvidemos una cosa, no hay excusa cultural que valga cuando están en juego cosas tan importantes como los derechos humanos fundamentales. No se puede respetar una expresión cultural que no respeta el conjunto de personas que comprende o a las que afecta indirectamente. La cultura siempre debería estar al servicio de las personas, y no al revés. Por otro lado, esto tampoco significa que estar en contra de una expresión cultural puntual nos dé la excusa para desechar el paquete completo. Una cultura está compuesta por muchísimas de estas expresiones, la mayoría perfectamente provechosas… pero otras, como es el caso, inequívocamente condenables.
Y por último, quisiera dejar claro que aunque en este caso en concreto me estoy refiriendo a un suceso que yo mismo viví, y por eso lo relato expresándome en los términos que lo he hecho, no quiere decir esto que otros no hayan vivido situaciones similares ante cafres de los de aquí de toda la vida. Demasiado bien sé que las malas educaciones no son cosa exclusiva de los de fuera. Una cosa no quita la otra.
Jorge Marsá
10:23 | 11 Septiembre 2006 | Permalink
Cuestion de valores. ¿Estará la igualdad entre hombres y mujeres entre esos valores que debe defender la Alianza de las Civilizaciones? Así lo defiende Juan Goytisolo en su artículo de hoy en El País, “Alianza de Valores”:
“Yo preferiría denominarla Alianza de Valores: estos valores universales, cívicos, laicos, furto de la resistencia de las mentes más lúcidas, sean de la civilización que sean, al domagtismo de la identidades religiosas, nacionales o étnicas”.
Se llame como se llame la Alianza, el error de Goytisilo o Zapatero, en mi opinión es no darse cuenta de que esos valores cívicos que se concretan en el funcionamiento democrático y en los derechos del hombre son característica de una sola de las civilizaciones, la que llamamos occidental. Es decir, que la alianza que se persigue es, por decirlo así, entre laicos y curas, y no tiene sentido pensar que los ayatolás vayan a renunciar a su razón de ser: “al dogmatismo de las identidades religiosas”.