Lunes, 18 de Diciembre de 2006

El saber de la tradición (I)

Jorge Marsá

La expansión del nacionalismo cultural, y de la confusión que acarrea entre lo que solíamos entender por Cultura y la cultura como fenómeno antropológico, es una realidad también en Lanzarote. En consecuencia, se generalizan las llamadas a mantener vivas las tradiciones sobre las que debe sostenerse nuestro desarrollo –cultural, económico y social–. En fin, que como siempre se ha dicho, parece que tenemos que partir del conocimiento que nos transmiten nuestros mayores para cimentar el nuestro y poder avanzar. Sin embargo, lo que tenía sentido antaño, resulta bastante discutible hogaño.

Desde el punto de vista de la Cultura, no se le ve mucho sentido a que la incultura de la antigua sociedad lanzaroteña constituya el punto de partida más idóneo para construir una colectividad más cultivada. En realidad, en este terreno, como en casi todos, el objetivo de cualquiera que se tenga por progresista no puede ser otro que transformar radicalmente la tradicional identidad cultural, es decir, intentar alumbrar una sociedad más culta que la que nos precedió. Y puesto que las manifestaciones culturales de interés son escasas en la tradición insular –en el arte, la literatura, la música o la ciencia–, no queda otra en ese intento que apoyarse en las de fuera. Mejor dicho, lo más conveniente es acudir a los productos de la cultura más excelsos, provengan de donde provengan, para elevar el nivel cultural de la población. Y está claro que las mejores manifestaciones culturales de las que disponemos no se encuentran en la tradición insular –lo que no significa que no haya algunas que merezca la pena conocer–.

Ahora bien, cuando se habla de cultura tradicional en los últimos tiempos, nadie suele referirse de hecho a la Cultura, sino sobre todo a actividades bien distintas: a la agricultura, la pesca, la ganadería o a las formas tradicionales de la construcción insular. Dejando a un lado la escasa relación de estas actividades con lo que entendíamos por Cultura hasta hace dos días, llama la atención que se defienda la necesidad o la conveniencia de aprender de la sabiduría de nuestros predecesores en lo que hoy denominamos el sector primario de la economía. Porque en ese sector trabaja en la actualidad el uno por ciento de la población activa de la Isla, así que difícilmente le será de alguna utilidad al noventa y nueve por ciento restante el conocimiento de tradiciones que nada tienen que ver con sus ocupaciones laborales ni con sus estilos de vida.

El problema, además, es que cuesta creer que ese conocimiento tradicional le sirva de mucho siquiera al uno por ciento que sí trabaja en el sector primario. La agricultura lanzaroteña de hoy se parece poco a la de ayer, y el conocimiento necesario para mejorarla se encuentra más en las tecnologías agrícolas actuales que en el saber de los viejos campesinos. Por ejemplo, cualquier enólogo es consciente de que para que un vino lanzaroteño tenga éxito –de los que hoy se elaboran en cubas de acero inoxidable–, debe ser bien distinto a los caldos tradicionales, y de que el conocimiento necesario para elaborarlo está mucho más en su formación tecno-científica, y en las experiencias de otros lugares, que en las viejas prácticas de los antiguos viticultores locales.

Algo muy parecido ocurre hoy con la ganadería, más dedicada al “cultivo” en granjas que al pastoreo tradicional. Y ya va siendo hora de plantearse lo obvio: que el queso que obtenemos de la leche de cabra en Lanzarote proporciona un escaso valor añadido y que lo lógico es dedicarse a elaborar quesos de mayor calidad y precio, bien distintos del habitual, para poder sufragar los costes de la actividad. Porque también en este terreno hacen falta otros conocimientos y nuevas prácticas para mantener una industria que, aunque sea pequeña, resulte competitiva y más productiva.

Son también nuevas tecnologías (GPS, sondas, sonar, sistemas de congelación…) las que marcan la diferencia en el sector pesquero, y las que relativizan sobremanera la utilidad de los antiguos conocimientos. No es que la experiencia de los viejos pescadores no valga para nada, pero es de imaginar que cuando se monta una Escuela de Pesca es otro conocimiento el que se pretende transmitir a los jóvenes que van a dedicarse a esa actividad.

Bien está que etnólogos y antropólogos dediquen sus mayores esfuerzos al estudio de lo que constituye el objeto de sus disciplinas, y que los historiadores hagan lo propio con la suya, pero no parece muy sano, ni muy productivo, que una sociedad se dedique con denuedo a bucear en las costumbres del pasado en lugar de centrarse en los retos del presente y del próximo futuro.

PD: El texto se alarga, así que seguiré mañana. La idea de escribirlo surgió tras la lectura del artículo de Miguel Fierro, “La Cultura y Lanzarote” (aunque no debe considerarse como una contestación a ese escrito), y de unos comentarios, en la fotografía “Fachada horrorosa” (sobre la conveniencia de tener en cuenta la Arquitectura inédita para diseñar edificios en Arrecife) y de Lancelot. Edición especial 25 aniversario.