Jorge Marsá
La expansión del nacionalismo cultural, y de la confusión que acarrea entre lo que solíamos entender por Cultura y la cultura como fenómeno antropológico, es una realidad también en Lanzarote. En consecuencia, se generalizan las llamadas a mantener vivas las tradiciones sobre las que debe sostenerse nuestro desarrollo –cultural, económico y social–. En fin, que como siempre se ha dicho, parece que tenemos que partir del conocimiento que nos transmiten nuestros mayores para cimentar el nuestro y poder avanzar. Sin embargo, lo que tenía sentido antaño, resulta bastante discutible hogaño.
Desde el punto de vista de la Cultura, no se le ve mucho sentido a que la incultura de la antigua sociedad lanzaroteña constituya el punto de partida más idóneo para construir una colectividad más cultivada. En realidad, en este terreno, como en casi todos, el objetivo de cualquiera que se tenga por progresista no puede ser otro que transformar radicalmente la tradicional identidad cultural, es decir, intentar alumbrar una sociedad más culta que la que nos precedió. Y puesto que las manifestaciones culturales de interés son escasas en la tradición insular –en el arte, la literatura, la música o la ciencia–, no queda otra en ese intento que apoyarse en las de fuera. Mejor dicho, lo más conveniente es acudir a los productos de la cultura más excelsos, provengan de donde provengan, para elevar el nivel cultural de la población. Y está claro que las mejores manifestaciones culturales de las que disponemos no se encuentran en la tradición insular –lo que no significa que no haya algunas que merezca la pena conocer–.
Ahora bien, cuando se habla de cultura tradicional en los últimos tiempos, nadie suele referirse de hecho a la Cultura, sino sobre todo a actividades bien distintas: a la agricultura, la pesca, la ganadería o a las formas tradicionales de la construcción insular. Dejando a un lado la escasa relación de estas actividades con lo que entendíamos por Cultura hasta hace dos días, llama la atención que se defienda la necesidad o la conveniencia de aprender de la sabiduría de nuestros predecesores en lo que hoy denominamos el sector primario de la economía. Porque en ese sector trabaja en la actualidad el uno por ciento de la población activa de la Isla, así que difícilmente le será de alguna utilidad al noventa y nueve por ciento restante el conocimiento de tradiciones que nada tienen que ver con sus ocupaciones laborales ni con sus estilos de vida.
El problema, además, es que cuesta creer que ese conocimiento tradicional le sirva de mucho siquiera al uno por ciento que sí trabaja en el sector primario. La agricultura lanzaroteña de hoy se parece poco a la de ayer, y el conocimiento necesario para mejorarla se encuentra más en las tecnologías agrícolas actuales que en el saber de los viejos campesinos. Por ejemplo, cualquier enólogo es consciente de que para que un vino lanzaroteño tenga éxito –de los que hoy se elaboran en cubas de acero inoxidable–, debe ser bien distinto a los caldos tradicionales, y de que el conocimiento necesario para elaborarlo está mucho más en su formación tecno-científica, y en las experiencias de otros lugares, que en las viejas prácticas de los antiguos viticultores locales.
Algo muy parecido ocurre hoy con la ganadería, más dedicada al “cultivo” en granjas que al pastoreo tradicional. Y ya va siendo hora de plantearse lo obvio: que el queso que obtenemos de la leche de cabra en Lanzarote proporciona un escaso valor añadido y que lo lógico es dedicarse a elaborar quesos de mayor calidad y precio, bien distintos del habitual, para poder sufragar los costes de la actividad. Porque también en este terreno hacen falta otros conocimientos y nuevas prácticas para mantener una industria que, aunque sea pequeña, resulte competitiva y más productiva.
Son también nuevas tecnologías (GPS, sondas, sonar, sistemas de congelación…) las que marcan la diferencia en el sector pesquero, y las que relativizan sobremanera la utilidad de los antiguos conocimientos. No es que la experiencia de los viejos pescadores no valga para nada, pero es de imaginar que cuando se monta una Escuela de Pesca es otro conocimiento el que se pretende transmitir a los jóvenes que van a dedicarse a esa actividad.
Bien está que etnólogos y antropólogos dediquen sus mayores esfuerzos al estudio de lo que constituye el objeto de sus disciplinas, y que los historiadores hagan lo propio con la suya, pero no parece muy sano, ni muy productivo, que una sociedad se dedique con denuedo a bucear en las costumbres del pasado en lugar de centrarse en los retos del presente y del próximo futuro.
PD: El texto se alarga, así que seguiré mañana. La idea de escribirlo surgió tras la lectura del artículo de Miguel Fierro, “La Cultura y Lanzarote” (aunque no debe considerarse como una contestación a ese escrito), y de unos comentarios, en la fotografía “Fachada horrorosa” (sobre la conveniencia de tener en cuenta la Arquitectura inédita para diseñar edificios en Arrecife) y de Lancelot. Edición especial 25 aniversario.
uno mas
8:54 | 18 Diciembre 2006 | Permalink
Marsá sigue en ningunear la cultura lanzaroteña y ya dice que no vale para nada, ni para los lanzaroteños y lanzaroteñas. Se ha pasado quince pueblos esta vez.
Asimétrico
9:46 | 18 Diciembre 2006 | Permalink
Quizás Marvin Harris estuviera a la izquierda del Dalai Lama. ién sabe.
qwerty
10:54 | 18 Diciembre 2006 | Permalink
Pues no me parece un ataque a la cultura lanzaroteña porque no creo que hablar de agricultura, ganaderia y la pesca sea cultura, pero aparte creo tiene razón en que hacen falta muchos más conocimientos que los de la tradición para progresar. Si un pueblo no renueva sus conocimientos y los hace mejores que los anteriores no progresará nada.
solosino
12:32 | 18 Diciembre 2006 | Permalink
El artículo parece centrarse en la dicotomía “tradiciones culturales-desarrollo tecnológico”, dos conceptos que no pocas veces entran en grave confrontación. ¿Hemos de quedarnos con unas costumbres por el simple hecho de que son las que entendemos como “las nuestras de toda la vida”, o por el contrario debemos abrirnos a nuevas formas de hacer las cosas en aras de resultar competitivos de cara al exterior? El ejemplo que a mí me parece más rotundo es el de los japoneses, que en un tiempo récord supieron asimilar modelos tecnológicos procedentes de occidente, mejorándolos incluso, al tiempo que mantuvieron cierta idiosincrasia particular. Lo que pasa con la cultura es que se trata de un saco tan amplio que cabe casi cualquier cosa en él, incluidas las actividades económicas. En este sentido, seguir definiendo lanzarote como un lugar de cultura tradicionalmente campesina no deja de ser un absurdo, ya que a nadie se le escapa que hoy por hoy los grandes motores económicos de la isla son el turismo y el sector inmobiliario. Obviamente, es más difícil que en el imaginario colectivo asociemos estas actividades a cultura de ningún tipo, sin embargo eso es lo que nos define actualmente como pueblo, si es que nos define algo. Piche, hormigón y guiris con sandalias… eso es lo que somos, no campesinos de alpargatas.
félix
20:17 | 6 Enero 2007 | Permalink
Lo de la cultura está muy bién, Imagino que se puede hablar de la Cultura Canaria, que no tiene nada que ver con la Riojana o la Cántabra, pero ya discriminar entre la Cultura Lanzaroteña…
Si seguimos minimalizando llegaremos a defender la preservación de la independencia de la identidad cultural de Teguise o de una de sus familias. En definitiva, Supongo que Lanzarote, que es un espacio socio-económico y ecológico tan pequeño, tampoco necesitara de unas medidas protectoras de su identidad tan grande, y en definitiva si dejais de decir piche en favor de alquitrán pues casi que no pasa nada. Es como decretar por ley el uso del gorro típico en demerito de la gorra con visera, o algo así. Otra cosa es que se vaya diluyendo la identidad por la invasión turística que recibís, pero esa es otra cuestión.
La Opinión de Lanzarote :: Reflexiones sobre “El saber de la tradición” de Jorge Marsá (I)
10:21 | 5 Febrero 2007 | Permalink
[…] Hace ya un tiempito Jorge Marsá en su artículo “El saber de la tradición” se refirió o me calificaba de conservador y nacionalista cultural y no político. Pensaba no contestar porque apuntó que con su artículo no trataba de contestar al mío “La Cultura y Lanzarote”. Pero siempre tenía yo esa cosilla de escribir sobre el tema, porque me hizo bastante gracia esos calificativos, y por los cuales deduje que leyó mí articulo como se suele decir “de corrida”. En cualquier caso me ha dado una buena excusa para escribir. Y en ese sentido voy a hacerlo; como una simple reflexión y sin ninguna otra pretensión. […]