Viernes, 1 de Junio de 2007

Populismo, popularismo y otros “ismos” relacionados

Fernando Marcet Manrique

Los lanzaroteños nos merecemos una vida mejor. He aquí una frase con la que mucha gente estaría de acuerdo. Una frase ganadora, con la que difícilmente te vas a equivocar. Excepción hecha, y bendita excepción, del Jorge Marsá de turno, que me recordaría que los conejeros, por el hecho de ser conejeros, ni se merecen nada ni dejan de merecerlo. Los merecimientos, probablemente me señalaría, van en función de los esfuerzos personales o colectivos invertidos. Nada hay gratis en esta vida, y esto lo digo yo, excepto la vida en sí (y sólo al principio).

El diccionario RAE no contempla la palabra “populismo”, aunque si la escribimos en cualquier buscador encontraremos más de un millón de entradas que la contienen. Sí que aparece en los diccionarios enciclopédicos, donde le dan un significado estrictamente político (conjunto de doctrinas que se dicen, y es importante lo de “se dicen”, defensoras del pueblo).

Una palabra que sí aparece en el diccionario RAE es “popularismo”, que vendría a ser una suerte de populismo más generalizado, referido no exclusivamente al ámbito político (”popularismo: tendencia o afición a lo popular en formas de vida, arte, literatura, etc.”).

En cualquier caso, ambos conceptos son hermanos, casi gemelos, y a los dos podríamos entrelazar mediante una definición tipo: hacer o decir aquello que cabe suponer agradará o merecerá el reconocimiento del mayor número de personas.

Si nos ceñimos al terreno mercantil, el popularismo lo encontramos por todos lados, no en vano cualquiera que desea vender un producto, lo que pretende por encima de cualquier otra consideración es que tal producto guste a la mayor cantidad de gente posible. Es lo que pasa cuando el arte se convierte en intermedio mercantil. No es raro oír decir, por ejemplo, que tal o cual obra es demasiado comercial. En esos casos, lo que se está diciendo es que dicha obra es demasiado “popularista”, o sea, que antepone los gustos de la mayoría de la gente sobre cualesquiera otras consideraciones (calidad técnica, complejidad, etc.). Así, por ejemplo, cuando se acusa al cine de Hollywood de ser demasiado comercial, además de estar señalándose una obviedad, lo que se está diciendo es que se trata de un cine concebido y diseñado expresamente para llenar salas en todo el mundo. ¿Y qué mejor forma de llenar salas que apelar una y otra vez a esos sentimientos compartidos por la mayoría de culturas y pueblos? Romances repetidos hasta la saciedad, buenos y malos estereotipados, finales felices, la misma historia millones de veces contada…, la comercialidad está a la fuerza reñida con el arte como experimentación. Si inventas un preparado alimenticio, lo llamas hamburguesa, y las hamburguesas gustan, ¿para qué vas a seguir experimentando? Sería de locos tratar de hacer algo distinto. Las hamburguesas gustan, así que fabricas hamburguesas. Sólo hamburguesas. Películas como hamburguesas. El popularismo ha convertido no pocas expresiones artísticas en hamburguesas de consumo rápido.

Populismo, popularismo, comercialismo. Etiquetas lingüísticas muy emparentadas y que llegan a entremezclarse hoy en día hasta límites insospechados.

Política, arte, mercado. Todo ha sido impregnado por esa obsesión de nuestro tiempo. La obsesión de agradar o gustar a la mayor cantidad de gente posible. Unos porque tienen un producto que vender, otros porque tienen unos votos que ganar.

Para seguir con el hilo del discurso tal vez sería bueno, llegados a este punto, señalar algunos casos que se oponen a este proceso, pues la contraposición siempre dota a cualquier visión de mejor perspectiva (es imposible saber si un tipo es bajito en una foto donde sólo aparece él).

No me iré demasiado lejos, es más, ni siquiera saldré del blog. Hablaba al principio de Jorge Marsá, pues bien, ahí tienen un buen ejemplo de no popularismo. Partimos de que si los popularistas son aquellos que guían sus actos o palabras conforme al agrado de la mayoría, los no popularistas vendrían a ser quienes actúan, hablan o escriben sin tener en cuenta opiniones ajenas, o al menos la menor cantidad de opiniones ajenas posible. Siguiendo este razonamiento, no es difícil concluir que el colmo del no popularista habrá de ser un redomado ególatra (o lo que es lo mismo, alguien que sólo se tiene en cuenta a sí mismo a la hora de hablar o actuar). En efecto, estos vendrían a ser los dos grandes extremos del tema en el presente artículo tratado. Aquí, como en cualquier dualidad que se precie, nos encontramos con unos extremos, y podemos situar sobre la línea que une dichos extremos a cada uno de nosotros. Los hay que estarán más hacia el centro, los hay que se escorarán más hacia el popularismo, los hay que más hacia la egolatría, etc. Y cada uno por sus propias razones y en sus propios contextos. Yo mismo, me escoro hacia posiciones claramente ególatras, seguramente en exceso. Y es que igual que hay distintas razones por las que una persona puede ser popularista (intereses de un tipo u otro), también existen distintas causas por las que alguien puede ser no popularista. A Jorge Marsá, yo diría que le puede su sentido de la honestidad intelectual. Él analiza un problema o planteamiento y perpetra sus propias conclusiones, una vez hecho lo cual, ya no le importará si la resolución alcanzada agradará a unos más que a otros o no. Si gusta, bien, si no gusta, también, caiga quien caiga. En mi caso, y en los que son de mi calaña, la situación es un poquito distinta. Nuestro Santo Grial es la Originalidad, así, con mayúsculas. Buscar al gato más o menos patas de las que tiene suele conducir a conclusiones pocas veces compartidas por demasiada gente (si no, no sería original, ¿no creen?), y esa es la causa de nuestro no populismo. Hay personas que, aunque sepan hacer hamburguesas, jamás se conformarán con hacer siempre hamburguesas. Los culos inquietos, intelectualmente hablando, si encima son ególatras, suelen acabar conformando algo parecido a lo que soy yo (yo, siempre yo, ¿ven?). Los intelectualmente honestos, si encima son ególatras, suelen acabar conformando algo parecido a lo que es Jorge Marsá.

Analizado ya el caso opuesto, que espero haya servido para ofrecer la perspectiva antes mencionada, sigamos con los popularistas. Hoy en día, como dije antes, los popularistas están en clara mayoría, por mor del capitalismo que lo convierte todo en transacción comercial, y de una democracia meramente representativa que hace de la búsqueda de votos el principal y casi único objetivo de los políticos. Entre los popularistas, los casos más destacados vienen a estar encuadrados en dos grandes casillas estanco: los periodistas y, obviamente, los mismos políticos. Unos porque necesitan vender cuantos más periódicos mejor (o cuanta más publicidad mejor), otros porque necesitan ganar cuantos más votos mejor. En ambos casos, dado que es la palabra su herramienta de trabajo principal, la demagogia suele ser de uso frecuente entre ellos. La demagogia vendría a ser al populista lo que el balón al futbolista. Imposible concebir al uno sin el otro.

Igual que no me fui demasiado lejos para buscar ejemplos de no popularistas, tampoco me alejaré para encontrar popularistas. Jorge Coll y Alfonso Canales, nos ofrecen en sus dos últimos artículos magníficos ejemplos de lo que debe ser un buen periodista de ámbito local en fechas postelectorales. Leyendo tanto “¡Ay mi madre!”, como “666, el número de la Bestia de la política” (por cierto, el título se las trae, específicamente diseñado para buscadores de Internet, bien pensado), uno no puede sino maravillarse de la extraordinaria habilidad que ambos tienen para no quedar mal con nadie. Por la cuenta que les trae. No quiero ni imaginar lo difícil que tiene que ser vivir del periodismo en una isla como Lanzarote, así que no debe considerarse esto como una crítica excesiva. Ni Coll ni Canales se pueden permitir el lujo de ser ególatras. No pueden ir a su bola, ni ser excesivamente originales, ni ser intelectualmente honestos en aquellos casos en los que tal honestidad implique perjudicar la imagen de personas o empresas concretas. Simplemente, no pueden. Y yo, si viviera de eso, tampoco podría, así que, ¿quién tiene derecho a lanzar piedra ninguna? Lo cual no quiere decir que no pueda señalarse como un hecho incuestionable. La independencia periodística no existe, al menos en el periodismo concebido como negocio…, ni en Lanzarote ni en ninguna parte del mundo. Son popularistas por prescripción. A veces, incluso, popularistas y partidistas a un tiempo.

¿A dónde iría el Marca si se metiera con el Madrid un día sí y otro también? ¿A dónde iría El País si hablara mal del PSOE como partido? Sus lectores tienen un perfil determinado y ellos les ofrecen un producto determinado, diseñado específicamente para satisfacerles. Eso es popularismo, asociado a partidismo, en estado puro.

Incluso los de El Agitador son popularistas. Claro que el suyo es un popularismo mucho más sano, desde mi punto de vista. Cualquier sociedad que se permita acoger productos como El Jueves o El Agitador es una sociedad que, a pesar de todas las deficiencias y carencias que pueda acumular, tiene la capacidad de reírse de sí misma. Y eso no es ninguna tontería. Cuando en Cuba exista algo parecido, yo iré a Cuba.

Para concluir este ya demasiado extenso discurso, diré que para mí el popularismo, populismo o comercialismo no son ni buenos ni malos en sí. Todos nos dejamos influir, en mayor o menor medida, por las opiniones ajenas. A todos nos gusta que se nos reconozcan nuestras virtudes, incluso aunque no las tengamos. Pero para ser reconocidos en muchas ocasiones tenemos que mostrarnos como a la gente le gusta que nos mostremos, o como creemos que a la gente le gustaría que nos mostrásemos. Y ahí es cuando la cosa puede llegar a estropearse un tanto. No se trata de que seamos “nosotros mismos”, una chorrada de esas que con tanta frecuencia aparece en los libros de autoayuda. No es cuestión de ser más independientes que nadie (¿independientes respecto a qué?), sino de saber reconocer cuantas de nuestras palabras y de nuestras actitudes están determinadas por el “qué dirán” (y en este saco meto tanto a los que se dejan llevar por la mayoría como a aquellos que hacen expresamente lo contrario que la mayoría. En ambos casos hablamos de lo mismo). Saber reconocerlas, no para cambiarlas necesariamente, no para ser mejores o peores personas, sino para ser más conscientes de lo que somos. Si la libertad existe, debe ser eso.