Viernes, 19 de Octubre de 2007

Reflexiones sobre el Plan General de Arrecife

Fernando Marcet Manrique

Las ciudades pueden crecer de dos maneras: Una es de forma planificada, conforme a un proyecto o idea global; otra es a trompicones, dejando construir según cuadre, colocando infraestructuras públicas más o menos aleatoriamente a medida que va surgiendo la necesidad y/o la oportunidad. En Arrecife, al igual que en todas las demás poblaciones de Lanzarote, lo tradicional ha sido acogernos al segundo caso. Nos encontramos, así, con situaciones como la de San Bartolomé, con muchas de sus calles sin espacio físico para colocar aceras y con una estructura urbana bastante caótica, que sería un auténtico quebradero de cabeza para el más notable de los urbanistas.

Opinaba hace unos meses sobre la necesidad de que Arrecife tuviera un Plan General moderno y acorde a la actual realidad de la ciudad. No era una opinión demasiado original, yo creo que nadie con más de dos dedos de frente se opone en Arrecife a que exista ese Plan General, por mucho que algunos hayan tratado de asociar el concepto Plan General con el de corrupción garantizada. No sé, es como si yo ahora veo un cuadro que no me gusta nada y por ello llego a la conclusión de que la pintura es un asco. O como si leyera una novela mala y me negara a leer ninguna otra jamás de los jamases. Un Plan General, en sí, como idea, no es nada. Un proyecto por hacer, folios en blanco que hay que llenar. De la calidad y trabajo de sus autores, además del interés y sugerencias de los vecinos, dependerá que sea un buen Plan o no. Si me preguntas qué es una novela, yo no te cuento el argumento del Quijote, del mismo modo que si me preguntas qué es un Plan General no te hablo de los pormenores del Plan de Fernando Senante.

Hay una comparación que yo uso con bastante frecuencia, como saben quienes me soportan cotidianamente, y consiste en equiparar la ciudad, cualquier ciudad, con un gigantesco proyecto cinematográfico.

La ciudad en sí sería la película. El alcalde vendría a ser el director, es decir, la persona que debe tener las cosas claras, con las ayudas y asesoramientos que requiera, para llevar la película a buen puerto. Y el guión de la película sería el Plan General. Es, pues, menester que el director escoja un buen guionista, uno que le haga el guión que la ciudad necesita en función de lo que los ciudadanos (que vendrían a equivaler a los espectadores, o sea, los que van a sufrir o disfrutar la película al final) demanden. Las distintas concejalías se corresponderían con las funciones importantes desempeñadas en cualquier producción cinematográfica: Director de fotografía, de arte, de sonido, ayudante de dirección, asesor dramático, etc. Se trata de una orquesta que debe estar perfectamente coordinada para que la película salga con cierta coherencia, con cierto rigor. No puede ser que el director de fotografía vaya a su bola porque pertenece a otro partido, o que el director no se hable con su ayudante de dirección porque no están de acuerdo respecto a si el guión es el más adecuado o no. Debe haber compenetración y sentido de conjunto, si no, no hay película. Y si no hay película todos salen perdiendo, empezando por los espectadores y acabando por quienes pretendían vivir de hacer películas.

Desconocía, cuando escribí aquel artículo que comentaba al principio, la situación de los vecinos de Morro Angelito. Y es obvio que sus circunstancias merecen una atención especial, porque verte en la tesitura de que te derriben tu casa el día menos pensado no es ninguna tontería, sólo porque a algún lumbrera se le ocurrió que por ahí debía pasar una carretera o lo que sea. Pero para eso están las alegaciones y existe la posibilidad de ejercer presión a través de distintos medios legales, como de hecho están haciendo (muy bien, para mi gusto). Lo que no puede ser es que una ciudad entera se quede sin planificación por un error de este tipo.

Si contemplamos el devenir de cualquier ciudad medianamente grande, y Arrecife ya lo es en cuanto a población, en la mayoría de ellas hubo complejísimos procesos de expropiación que permitieron construir las infraestructuras necesarias que de otro modo hubieran tenido que ubicarse fuera de la ciudad, por no existir hueco para ellas dentro de las mismas. En París, por ejemplo, se cargaron un barrio entero para acondicionar los amplios espacios verdes y plazas abiertas que hoy disfrutan tanto visitantes como residentes. Pero, por supuesto, a los vecinos de aquel barrio se les compensó no sólo con viviendas de mucho más valor que las que tenían, sino con jugosas indemnizaciones. Muy pocos fueron los que se quejaron, teniendo en cuenta el gran número de afectados (y a los franceses no les hace falta demasiado para montar revueltas civiles y manifestaciones, como bien supieron ciertos aristócratas).

Otra cuestión es, ¿realmente falta espacio en Arrecife como para que haya que demoler la casa de nadie? ¿Estamos en esa situación? Yo lo dudo mucho, como expuse en otro artículo en el que presentaba mi particular visión de Arrecife. Hay muchísimo terreno libre, lo que pasa es que las pretensiones de sus dueños no tienen demasiado que ver con lo que la ciudad necesita. Y ahí es donde reside la gran injusticia que hay que tratar de evitar a toda costa. ¿Vamos a derribar las propiedades de los pobres cuando lo que queremos hacer en sus tierras es algo que podría hacerse en las ahora vacías de los ricos? Eso sí que no.

Vuelvo a repetir, hoy por hoy espacio hay de sobra para acometer todo tipo de obras públicas imprescindibles. En el google maps yo ubiqué unas cuantas, y tuve buen cuidado de no cargarme la casa de nadie.

De todos modos, y en otro orden de cosas, quisiera mostrar mi aprensión respecto a la actual situación de este debate. Todo empezó con una aprobación inicial llevada a cabo en el peor de los momentos, cuando la ciudad estaba inmersa en plena vorágine preelectoral. Pocos hubo que no sospecharan nada raro en todo aquello. ¿A qué venían esas prisas? ¿Por qué ese empeño? ¿No habría sido muchísimo más lógico esperar a que el nuevo gobierno estudiara el Plan despacio y con calma? Por supuesto que sí. Eso habría sido lo lógico. Y claro, PSOE y PIL sacaron petróleo de la situación, apresurándose a prometer algo que no sabían si podrían cumplir luego: Que revocarían el Plan General. En lugar de prometer lo que finalmente van a hacer, que es remodelarlo de arriba a abajo, afirmaron tajantemente que aquel Plan sería fulminantemente eliminado. Ellos fueron, por tanto, los primeros en provocar esta situación, negando la posibilidad de que un mismo Plan pueda rediseñarse casi por completo, sin necesidad de empezar otro nuevo. Vendieron a la población esa relación que hoy les pasa factura, es decir, Plan General = Corrupción. Es lo que sucede cuando se simplifica todo para llegar al electorado con un mensaje escueto y claro. ¿Para qué vamos a liarnos con explicaciones acerca de revisiones y demás, cuando podemos decir que el Plan es malo malísimo? Así de tontos somos los ciudadanos, o así de tontos se creen que somos (y a veces les damos la razón, para qué engañarnos).

La verdad es que entre esto y la subida de sueldos se han cubierto de gloria. Muy mal comienzo que llena de incertidumbre hasta al más optimista de los arrecifeños, pero como dice un proverbio chino: “El sabio puede sentarse en un hormiguero, pero sólo el necio se queda sentado en él”. Esperemos que se levanten pronto, porque aunque es verdad que las hormigas somos pequeñitas, cuando nos cabreamos tenemos bastante mala leche.