Rosario Miranda
En los tiempos que corren de movilidad humana y mezcla, lo común a los miembros de un Estado no es pertenecer a un mismo pueblo sino sobrevivir juntos en el mismo territorio, y lo que da cohesión a una ciudadanía es un nivel de vida similar. El concepto de “pueblo” o de “nación” como territorio donde las personas comparten raza, religión, historia o lengua está trasnochado y no hace sino añadir patologías a la realidad de la convivencia.
El concepto nacionalista de pueblo en un mundo donde la colombiana se ocupa de la madre del catalán (o del francés o del alemán o del canario) y la peruana de su hijo, el senegalés cultiva los ingredientes de su ensalada y el ecuatoriano se la sirve, el marroquí pone los ladrillos de su casa y la mauritana se la limpia, es un anacronismo desde que a finales del siglo XVIII nació una Modernidad que dio a la voz “ciudadano” una extensión universal. Aunque se mantengan y blinden las fronteras, y aunque el nacionalismo, como la teocracia, tenga una gran carrera por delante, ser moderno, desde entonces y con más razón en la actualidad, significa asociar ciudadanía a covecindad, no a que vote por correo el andaluz establecido en Caracas.
Dejarnos de identidades y empezar a ocuparnos de vecindades es una cuestión política de primer orden. A pesar de la heterogeneidad del personal que habita las ciudades, no ha cambiado de hecho el concepto de lo que es un francés, un alemán, un canario o un catalán, salvo cuando estallan bombas que matan indiscriminadamente a cualesquiera residentes y entonces el alcalde dice que todos eran madrileños. Debemos comprender que el destino de la identidad, como antaño el de la religión, es convertirse en una cuestión privada. Antes Europa tenía fronteras marcadas por la religión; la religión era una cuestión política relacionada con el territorio, hasta el punto de que la gente se convertía del catolicismo al protestantismo y viceversa, a la manera de un cambio de pasaporte, por cuestiones de comodidad administrativa y cívica. Luego la religión dejó de ser relevante como variable a la hora de pertenecer a una ciudadanía y forma parte de la vida privada de la gente en sociedades de múltiples creencias, sin que las relaciones cívicas se hayan resentido por ello sino todo lo contrario. Eso sería lo mejor que podría ocurrirle a la identidad –que ahora es motivo de segregación social– en el curso de estos tiempos de movilidad humana y mezcla. Por eso los nacionalismos son reactivos, aunque ocupen el primer plano de la vida política. Otra cosa es que una comunidad quiera segregarse y constituir su propio Estado buscando una mejor administración o autogobierno de sus componentes, pero no son argumentos de este tipo los que esgrimen quienes buscan la secesión.
Lo que hoy está en relación con el territorio no es la identidad, es la covecindad, y lo que da seguridad a los vecinos es la cohesión social. La cohesión social no se cifra en el culto que rinda cada uno, ni en la raza que tenga ni en su lengua materna ni en los libros que lea o en la televisión que vea: la cohesión social viene dada por un nivel de vida similar, único requisito imprescindible para que los ciudadanos no se enfrenten por el desprecio de los unos y la envidia de los otros, como sucedió en Francia hace unos años y seguirá probablemente sucediendo. Lo que hoy liga a una persona con un territorio es la supervivencia, no la identidad.
A pesar de que por inercia creamos lo contrario, ya no hay pueblo a la vieja usanza sino otro tipo de ciudadanía. Y aunque los pueblos que se reclaman víctimas de la injusticia histórica o señores con preferencias por residir donde nacieron tengan mucho futuro por delante, los pueblos mismos, sujetos colectivos con identidad cultural que conviven en un territorio, han dejado de tener realidad.
Pedro G
10:02 | 13 Noviembre 2007 | Permalink
Para ocuparnos de “vecindades”, lo primero que deberíamos hacer es conceder el derecho al voto a todos los vecinos. ¿Se imaginan a Paulino Rivero diciendo que quiere primar a unos votantes sobre otros en su Plan de Empleo, renunciando a unos miles de votos? Seguro que el discurso sería distinto.
Lo mismo ocurre con la cohesión en la sociedad, que la primera medida son los derechos políticos de todos, y el del voto es el primordial. Las sociedades occidentales comenzaron a instaurar medidas destinadas a mejorar la cohesión social sólo en el momento en que los menos favorecidos conquistaron su derecho a votar, en el momento en que su voz no sólo se pudo escuchar, sino que tuvo influencia electoral. Fue ese derecho al voto de los desposeídos lo que acabó levantando el Estado del bienestar, ese derecho que en España se le niega a más de dos millones de ciudadanos, que viven y trabajan aquí, por el solo hecho de que su lugar de nacimiento se encuentre más allá de nuestras fronteras.
Eduardo Ruíz
12:39 | 13 Noviembre 2007 | Permalink
Estoy muy de acuerdo con lo que plantea la articulista, a la que felicito por el escrito. Lo que pasa es que esa realidad algunos no quieren verla y a otros no les interesa que exista. Cuando tú formas parte de un partido político que se fundamenta en eso que Rosario afirma que no existe, es decir, la identidad e idiosincrasia de tu pueblo, no puedes hacer otra cosa que defenderla. Ahora vemos, y veremos, cómo el discurso nacionalista de Coalición Canaria se recrudecerá de cara a las próximos comicios generales. No le queda otra. Su propia supervivencia como partido les va en ello. Así que nos llenarán la tele con anuncios, pagados por todos, explicándonos lo canarios que somos y lo diferentes del resto, y lo importantísimo que es que les votemos a ellos para que los canarios tengamos voz y voto en el congreso español. Una falacia como otra cualquiera, pero que resulta muy fácil de extender, porque las personas somos así por naturaleza, en cuanto nos hablan de la grandeza de nuestro pueblo se nos cae la baba y las neuronas se nos esfuman.
Por eso, estoy de acuerdo con Pedro G en que la solución pasa por permitir el voto a los inmigrantes. Solo entonces el discurso político, incluso el de los nacionalistas, no tendrá más remedio que tener en cuenta esa realidad que ahora se niegan a aceptar.