Lunes, 3 de Diciembre de 2007

El pirómano antisistema

Jorge Marsá

[Publicado también en Basta Ya]

Ya estaban tardando algunos en retomar la sociología barata a cuenta de los disturbios en la periferia de París. Se dieron un festín en el año 2005; ahora, ha costado un poco más, porque los chicos no han quemado automóviles en cantidad suficiente, y porque en el diario El País deben andar un poco escarmentados por los resultados de sus acometidas contra Sarkozy. Pero ayer domingo, por fín, un extenso reportaje sobre el rebrote de lo que gustan en llamar “las revueltas”: “Arden los guetos”.

Como hace dos años, la mayor parte del artículo se dedica a justificar a los pirómanos. La idea se resume bien en el destacado principal: “La escasez de empleos y de equipamientos para el ocio lleva a los jóvenes de los suburbios de París a la exclusión y la violencia”. Cuando los delincuentes no son de cuello blanco, la comprensión es ya una tradición en amplios sectores de la izquierda: son víctimas del “sistema”.

En el fondo, este tipo de argumentos, que tanto complacen a algunos izquierdistas, no dejan de ser una forma de descalificar a los excluidos. Porque si bien es cierto que la exclusión en los barrios de los pobres parisinos resulta incuestionable, igualmente lo es que la inmensa mayoría de quienes habitan en esa periferia, jóvenes y no tan jóvenes, se abstienen de recurrir a la violencia para protestar por “la escasez de empleos y de equipamientos de ocio” (lo del ocio tiene su gracia).

Convendría no oprobiar a quienes ya bastante soportan por causa de su pobreza confundiéndoles con los vándalos que ellos sufren más que nadie, con esos jóvenes delincuentes que convierten en aún más inhóspitos los barrios en los que con tantas dificultades viven. Y es que, cuando algunos se muestran tan proclives a justificar la pequeña delincuencia, la consecuencia no puede ser otra que difuminar a las víctimas de esa delincuencia, que en su mayoría suelen ser los más desfavorecidos de la sociedad, quienes habitan en los barrios donde actúan primordialmente esos delincuentes, cuya contribución a la marginalidad de esos lugares no resulta en absoluto despreciable.

Claro que de la marginalidad y de la delincuencia ha extraído la izquierda “contracultural” de Occidente no pocos de sus héroes de novela o película en el último medio siglo. Mucho más “auténtico” el rapero que pega tiros –hasta el punto de que algunos de ellos han llegado a inventarse tiroteos para añadirlos a su curriculum– que el que se limita a sus cantos; mucho más entretenida la película sobre asaltantes de comercios que retratar la anodina vida cotidiana de quien se afana en la búsqueda de un trabajo decente; en fin, mucho mas “antisistema” el joven que incendia coches que el que calladamente se esfuerza por integrarse en el “sistema”, es decir, por salir de una marginalidad que a él tan poco literaria le resulta.

Pese a todo, habremos de ser comprensivos con quienes tanta comprensión muestran hacia esos bárbaros, con quienes no pueden resistirse a la oportunidad de ofrecernos su ración de literatura y un cuarto y mitad de sociología a cuenta de unos jóvenes que para el viejo Karl serían puro lumpenproletariat y que ellos, más modernos, parecen ver como incendiarios del “sistema”.