Jorge Marsá
[Publicado también en Basta Ya]
Socialistas y populares han aprovechado también la Operación Guateque sobre casos de corrupción en el Ayuntamiento de Madrid para emprenderla los unos contra los otros. El País del martes anunciaba que “El PSOE pide que dimitan los ediles de Madrid por ‘priorizar’ licencias”, y que “El ‘número dos’ de Gallardón dice que Blanco pidió agilizar las obras de Ferraz”. Y ayer siguieron en la brecha: “PSOE y PP se reprochan ilegalidades en sus sedes centrales” (Cadena Ser).
Nos informa la emisora de que “la concejala de Urbanismo, Pilar Martínez, ha reculado, y no mandará, por tanto, ningún inspector”, y de que “el concejal socialista [concejalo deberían decir] Pedro Sánchez asegura que en su partido son ’sufridores de la maraña administrativa’ que tiene el Ayuntamiento que rige Alberto Ruíz Gallardón”. Y remata la concejal del PP: “ese es precisamente el gran problema de la administración: que la gente no cumple la ley”.
Creo que tiene razón Pilar Martínez en que “la gente no cumple la ley”, pero no en que “ese es precisamente el gran problema de la administración”. Es uno de ellos. Otro es que los políticos de este país son los primeros que no cumplen la Ley. Y existe un tercero al que se alude pocas veces: lo difícil que resulta cumplir la Ley en España. Hasta el punto de que en ocasiones se tiene la impresión de que la prolija y excesiva legislación española estuviera destinada a mantener en la ilegalidad a los ciudadanos, o a que dependan de la arbitrariedad de los políticos, y a alimentar las redes de corrupción en la Administración.
Y por si la normativa no fuera suficiente, los ciudadanos nos encontramos después con esa “maraña administrativa” que el concejalo citado denuncia en el Ayuntamiento de Madrid –como si no fuera una característica de toda la Administración española–. El resultado es que o bien resulta imposible hacer las cosas legalmente o bien hay que dedicar una importante cantidad de tiempo para realizar la travesía por esa “maraña administrativa”. Y si tenemos en cuenta lo que cuesta cada hora de nuestro tiempo –nuestro salario por hora–, podemos asegurar que la Administración constituye uno de los grandes males que lastran la economía española.
Es enorme la cantidad de dinero que nos cuesta el “vuelva usted mañana”, o el “le falta la fotocopia compulsada”, o el “no es en esta ventanilla”, o el “ahora tiene usted que dirigirse a…”. Y más caros aún nos resultan los dilatadísimos plazos que se toman las administraciones para resolver nuestros expedientes, conceder nuestras licencias o, simplemente, dar curso a nuestras peticiones.
Si a ello le sumamos el ritmo con el que la Justicia resuelve sus asuntos en España, tenemos dibujado el panorama de la inseguridad jurídica y normativa en el que se tienen que desenvolver los ciudadanos de este país. O dicho de otra forma, el caldo de cultivo perfecto para alimentar la corrupción en la Administración, porque resulta lógico que quién pueda, y siempre pueden los que más pueden, hará lo que sea para ahorrarse alguna de las estaciones del vía crucis.
En fin, que no es la educación el único aspecto en el que continuamos a la cola de los países más desarrollados. Sin embargo, pese a la gravedad de la cuestión, ni el PP ni el PSOE parecen darse por enterados: la reforma de la Administración continuará ausente del debate político. Ni promesas nos harán en la próxima campaña electoral. Y continuaremos sintiéndonos más súbditos que ciudadanos cada vez que nos acerquemos a una ventanilla.
Robaina I
11:37 | 13 Diciembre 2007 | Permalink
¿Hay algo peor que el Cabildo de Lanzarote para marañas administrativas?
sí
12:06 | 13 Diciembre 2007 | Permalink
pasate por el ayuntamiento de arrecife y lo comprobarás
corruptos
19:35 | 13 Diciembre 2007 | Permalink
Entre nepotismos,dedismos y golfismos, ahí esta la inmensa mayoria de corrupción propiciada por la falta de ética,moral y verguenza torera de los partidos,de todos.Aún así queremos partitocracia?
Qué triste el tener que pensar en la posibilidad de tener que gritar . ” Vivan las caenas”
Fernando Marcet
19:35 | 13 Diciembre 2007 | Permalink
Y yo que no creo que sea tan difícil poner solución a esto.
Alguien me dió la receta mágica el otro día. Si yo llegara a concejal, me dijo, lo primero que hacía era echar a esos dos que todo el mundo sabe quienes son, esos que ganan un dineral y encima están de baja la mitad del año, y cuando no están de baja lo único que hacen es quejarse y poner pegas a todo. Los echaba, montaba un escándalo, pagaba la indemnización que hubiera que pagar, y a partir de ahí, continuamos.
Sería un majo y limpio con todas las letras que pondría a cada cual en su sitio.
Tenemos el diagnóstico y tenemos el remedio, el asunto es que llegue a las instituciones públicas alguien con el suficiente coraje para hacer lo que debería hacerse.
AlterKado
9:44 | 14 Diciembre 2007 | Permalink
Ay¡ Fernando…esto que propones lo ha pensado más de uno, pero te diré algo (estando radicalmente de acuerdo contigo), a poco que vayas con esta claridad de ideas te pasará que…
1º No faltará quien te cuestione qué quien te crees que eres, los listillos (sinónimo de quien simplemente quiere mejorar) no gustan en esta isla en ningún sitio. Luchar contra complejos históricos requiere esfuerzos históricos…
2º A lo mejor te parece que los demás (los que no están tanto tiempo de baja y cobran algo menos) están esperando que alguien venga a marcar pautas nuevas y los ponga a trabajar, te advierto que empezarán a odiarte y a dinamitarte como sólo ellos saben hasta el concejal que viene (que depende más de las mociones que de las elecciones).
3ª Modernizar exige renunciar. Nadie renunciará a su status de vegetal hipotecado.
4ªConozco sólo a dos o tres semingenuos que aun insisten, desde dentro del monstruo, en la posibilidad de profesionalizar la administración pública local. Esos pobres diablos están más cerca ahora mismo del aeropuerto que del reconocimiento.
Jorge Marsá
19:47 | 15 Diciembre 2007 | Permalink
El bulldog
Antonio Elorza
[El País, 15 de diciembre de 2007]
Cuentan que al ser disueltas en 1933 las Cortes Constituyentes, algunos quisieron gastarle una broma a Gregorio Marañón, diputado y fundador de la Agrupación al Servicio de la República. Le regalaron un grueso volumen en cuyo lomo podía leerse algo así como “Gregorio Marañón. Discursos parlamentarios”. En el interior sólo había páginas en blanco, porque efectivamente el famoso médico no había pronunciado allí una sola palabra.
Verdadera o falsa, la anécdota encaja bien con el contenido del libro que sobre la personalidad humana y política del presidente Zapatero acaba de componer Suso de Toro. Por lo menos en lo que se refiere al pensamiento político del estadista leonés, el lector repite la experiencia de su correligionario socialista Eguiagaray, expresada en un comentario cuando aquél presentó su afortunada candidatura al liderazgo del PSOE: su aportación al partido era nula. “Éste no ha abierto la boca”, dijo, mientras al lado Zapatero se mantenía impasible, consumiendo un plato de sopa.
Ahora se trata de un silencio charlatán, por usar la expresión de la lingüista Régine Robin. De Zapatero se habla muchísimo en el libro. Habla él, hablan sus familiares, hablan sus fieles, habla Maragall. Nos enteramos de que era socialista desde muy pronto, pensando en la figura de su abuelo fusilado, que se enamoró de su actual mujer con entusiasmo y para toda la vida, que amó a su madre y que sus dos hijas son la sal de su existencia, que mira a España cargado de esperanza y, en fin, nos enteramos a pesar nuestro de muchas más virtudes triviales, expuestas además con una retórica y una pleitesía empalagosas.
Se nos dice que “el tipo nuevo” cuyo “advenimiento” se esperaba, (sic) encaró el poder con “un proyecto” bajo el brazo. Luego, a la hora de contar de qué iba tal proyecto, vacío, encubierto de vez en cuando mediante generalidades. Porque es nada soltar dos tópicos sobre una España plural en el plano de las lenguas, sobre el autogobierno de las comunidades como “reconocimiento político de la identidad” o sobre una vocación reformadora reducida al matrimonio de homosexuales. Y añadir que “socialismo es libertad”. De la problemática de reforma o disgregación del Estado en esa “España que no está cuajada” (sic), de los grandes temas de política exterior, de inmigración o desigualdad, ni palabra.
Para encontrar una explicación a este extraño viaje por un mar de agujeros, que recuerda al del Submarino amarillo de los Beatles, conviene remitirse al prólogo que Zapatero firmó hace dos años para el libro De nuevo el socialismo, de Jordi Sevilla. En una exposición disparatada, pero ilustrativa, Zapatero nos dice nada menos que “ideología significa idea lógica y en política no hay ideas lógicas”. Quedémonos con lo segundo y con el razonamiento que sigue, subrayando que en la política no cuentan las ideas, ni por deducción ni por inducción, sino las diferentes opciones de cara a unos objetivos. Más que pragmatismo, puro oportunismo en un juego cuya meta consiste en maximizar el propio poder.
Es una buena clave para entender políticas que pueden parecer incomprensibles, tanto en el caso vasco como en el catalán, respecto de Cuba, el Sáhara o los viajes del Rey. Elección racional desde sí y para sí. Posmodernidad.
No faltan revelaciones de interés en Madera de Zapatero. Así, en los antípodas de la libertad como no-dominación de su supuesto maestro Philip Pettit, la centralidad del mando como núcleo de la acción política, sin debate ni posibilidad de desobediencia. Botón de muestra, cuando cambia de destino a López Aguilar: “Que te he dicho que te vas a Canarias. Te quiero a muerte (sic), pero te vas a Canarias”. Amén. Y sobre todo, los relatos cruzados sobre la habilísima trama de jugadas y contactos, con Felipe González incluido, que desde su nada le permite llegar a imponerse en el Congreso del PSOE. Mando y maniobra, sus bazas políticas. Al servicio de una enorme ambición. Ya de niño tenía algo especial que “en cierta medida me hizo príncipe”.
Con esa autoestima no importan los deslices en las referencias intelectuales y puede permitirse hacer un cotejo de filósofos para proclamar a María Zambrano superior a Ortega. Quedará constancia en el AVE.
A veces una personalidad política resulta asociada con un animal: Clemenceau, el tigre; Berlusconi, el caimán. Buen conocedor de su amigo, en la presentación del libro, Suso de Toro calificó a Zapatero de “un bulldog”. Fuerte, no muy inteligente, de apariencia tranquila, callado, pero que cuando muerde de improviso no suelta la presa. Inmejorable.
(Los lectores supervivientes pueden pasar a las Cartas a un joven español, de José María Aznar, o, más les vale, a las precedentes Cartas de un joven español, de Ortega y Gasset).