Martes, 18 de Diciembre de 2007

La educación a debate VII. Una visión reformista

Jorge Marsá

Ya me había avisado Raúl García Brink de que su respuesta tardaría un poco en llegar, de que asuntos laborales y familiares le impedían contestar con la prontitud que le gustaría. Pero lo que no me esperaba es que el debate propuesto sobre la educación se complicara de tal modo. La verdad, no sé muy bien cómo darle recorrido a la polémica a partir del artículo publicado ayer.

Comenzaré por reconocer mi dificultad para entender la dicotomía que se plantea entre una visión “internalista” de la enseñanza y otra “externalista” –la que al parecer él defiende–. Y, puesto que no encuentro esos términos en el diccionario, me atrevo a deducir de su texto que lo que Raúl afirma es que carece de sentido el intento de reformar la escuela sin transformar simultáneamente la sociedad en la que se inserta. Así interpreto su idea de que hay que “estructurar un continuum entre el sistema educativo y las condiciones sociales en que se desenvuelve”, y su recomendación de que “debemos ser capaces de hacer sociología de la educación, de preocuparnos por las causas de lo que está ocurriendo en el alumnado, en las familias, en el profesorado o en los centros para intentar proponer soluciones a medio y largo plazo”.

Pues si lo he entendido bien, el planteamiento no deja de recordarme un poco a la vieja contraposición que hacían algunos entre reforma y revolución, para defender la inutilidad de las reformas en una sociedad esencialmente injusta como la capitalista. En efecto, el texto me trae a la memoria la posición de quienes sostenían que la ingeniería social, las reformas, no provocaban más que el retraso de la única solución auténtica: la utopía.

Por el contrario, yo soy de los que creo que la ingeniería social, por seguir con el término de Karl Popper, constituye el mejor camino para solucionar los problemas de la sociedad, o el que menos males provoca. Es cierto que esos problemas están interrelacionados, pero se pueden ir paliando algunos de ellos aunque permanezcan otros. No se consigue así el paraíso, pero se van arreglando cositas: estaría de acuerdo en que no parece realista que el fracaso escolar desaparezca de nuestras escuelas de la noche a la mañana, que consiguiéramos lo que los finlandeses (un 0,5% de fracaso escolar), pero estoy seguro de que no hace falta que pasen generaciones para que nuestro lamentable 30% descienda significativamente.

Desde ese punto de vista –quizá “internalista”, quién sabe– es desde el que defiendo que resulta pertinente abordar la reforma del sistema educativo, y que se puede hacer sin que sea obligado acometer a la par una transformación radical de la sociedad (por supuesto que los éxitos serán parciales, pero largo me lo fiáis si tenemos que esperar a que otra sociedad sea posible). De hecho, ya se ha hecho, y la enseñanza ha cambiado en nuestro país.

El problema para algunos es que pensamos que se ha hecho mal, que las soluciones arbitradas no funcionan –las de la LOGSE y las siguientes– y que a veces han sido incluso contraproducentes, en suma, que hay que hacerlo de otra manera. Pero de lo que estoy convencido es de que el sistema educativo de este país es francamente mejorable y de que para reformarlo no resulta imprescindible esperar a que nuestra economía sea un paradigma de igualdad, a que las familias semejen pozos de sabiduría, a que de la universidad española salgan excelsos profesores o a que la inversión en los centros se equipare a la de los países más avanzados. No, creo que es posible conseguir resultados, poco a poco, pero sin tardar mucho: en el anterior Informe PISA, por ejemplo, se destacaba la sustancial mejora de los resultados del sistema educativo polaco como consecuencia de una reforma aplicada tan sólo hacía cinco años.

Como se ve, la respuesta de Raul García Brink no termina de convencerme y también a mí, por decirlo con sus mismas palabras, “se me antoja ardua y difícil la tarea de discutir sobre este asunto en un contexto tan viciado desde sus inicios”.