Luis Arencibia Verdú
Hace algunas navidades el ayuntamiento de Arrecife colocó en varios lugares estratégicos de la ciudad coches reducidos a chatarra, en lo que se suponía una campaña de educación vial para concienciar a la población acerca de los peligros de la mezcla de alcohol y volante. La idea, por simple y directa, parecía buena: poner a los conductores ante las posibles consecuencias de sus actos, si no se abstenían de hacer lo que repetidamente venían haciendo en masa durante fechas tan entrañables. Esto es, conducir borrachos.
Supongo que hasta a los más reacios a este tipo de ideas tan originales, aquello no les pareció del todo mal porque, en primer lugar, ya era hora de que el consistorio capitalino se escurriese un poco la sesera y, por otra parte, algo habría que hacer para intentar concienciarnos al respecto. Aunque el problema no mejorase significativamente respecto a años anteriores, probablemente a alguno aquella imagen le daría que pensar, actuando luego en consecuencia. Y quien sabe si sería justamente ese el que se fuese a llevar a un inocente peatón por delante…
Frente a tan benévolos juicios, propongo una reflexión: ¿en qué medida le afectó a usted la campaña?, ¿en qué medida influyó en lo que sentía, pensaba e hizo posteriormente al respecto? Al menos a mí me resulta evidente que quien reflexionó sobre ello –aunque fuera durante unos segundos– y lo tuvo en cuenta en la noche de autos, ya estaba más que concienciado de antemano. Y ninguna campaña concienciadora le hacía falta.
No es que el ayuntamiento esté a la cola, también, en este asunto. El desarrollo de campañas educativas y concienciadoras, tan del gusto de todas las administraciones, es una de las maneras más temerarias –y mejor vistas– de manejar fondos públicos. No es sólo que tengan, en la mayoría de los casos, escasísimos resultados –que no justificarían en ningún caso la inversión realizada–, sino que prácticamente nunca, y sin el casi cuando se trata de pequeñas administraciones, se realizan estudios mínimamente creíbles acerca de la eficacia de las acciones emprendidas. Además, cuando los resultados son mediocres, bien se cuidan los responsables de no publicitarlos.
Esta falta de escrúpulos en el manejo de los dineros públicos, unida a la idea –mayoritariamente aceptada pero falsa– de que siempre es mejor hacer algo que no hacer nada, hacen que se emprendan constantemente costosas campañas de dudosa eficacia, que más que aumentar nuestro civismo o concienciación, parecen estar al servicio del autobombo de los responsables de llevarlas a cabo.
Frente al mito de que actualmente la publicidad –incluida la publicidad de las instituciones públicas– maneja nuestras vidas y puede hacernos replantear hasta nuestros hábitos más arraigados, sólo hay que hacer un recorrido memorístico por las diferentes estrategias que ha puesto en marcha la DGT para intentar rebajar el número de muertos en la carretera. En determinado momento, apeló a nuestra solidaridad; en otro, a nuestro miedo; en otro, a nuestro amor por los seres queridos… ¿Se trataría de una estrategia calculada de antemano? ¿O, simplemente, de un recorrido algo errático en busca de resultados que nunca acaban de llegar? Creo que lo más realista es suponer lo segundo.
Los publicistas saben perfectamente que el resultado de cualquier campaña es, por encima de todo, incierto. Y peor color tendrá encima la cosa si lo que se pretende vender no es acorde con las necesidades del destinatario sino, todo lo contrario, supone un esfuerzo o una molestia. En ese caso, sólo hay una estrategia educativa de demostrada eficacia, que es la imposición de sanciones, llámense pérdida de puntos, multas o amenazas de prisión.
Simón
10:17 | 20 Septiembre 2006 | Permalink
Ya, pero poner multas no es tan rentable electoralmente como una linda campaña.
Ricardo
10:38 | 20 Septiembre 2006 | Permalink
Las campañas publicitarias institucionales orientadas a cambiar los hábitos de los ciudadanos, ya se trate de incrementar la seguridad vial o desincentivar el consumo de tabaco o alcohol, son un rotundo fracaso. En el caso de las que promueve la DGT, evidencian la falta de confianza de nuestros gobernantes en la educación, incluso cuando es tan costosa como la que imparten la red de autoescuelas.
LZ-III
10:43 | 20 Septiembre 2006 | Permalink
“La idea de que siempre es mejor hacer algo que no hacer nada”. La realidad es que se hacen esas campañas porque no se piensa hacer nada. En el ejemplo que cuenta Luis, porque no se piensa hacer nada para exigir el cumplimiento de la Ley. ¿Por qué creemos que los suizos o los alemanes no se saltan a la torera su código de la circulación? Pues porque viene el tío Paco con la rebaja, porque allí las instituciones ponen los medios para que se cumpla la Ley… y las multas son de las que se pagan. Podría ser que los ciudadanos de allí fueran más conscientes que nosotros, pero sería igualmente cierto decir que se han vuelto conscientes a base de comprobar que no trae cuenta ir de consciente por la calle pública.
Encarna
12:05 | 20 Septiembre 2006 | Permalink
Las multas, Arencibia, las retiran según a quién. Esto es, algunos no las pagan y así no hay na que hacer. En Lanzarote, por ejemplo, sólo es posible confiar en la Guardia Civil, en sus multas y en sus retiradas de puntos para acabar con tanto cabra loca al volante.
Similar situación acontece con las campañas medioambientales, con llamadas al ciudadano para que no escombree la Isla. En Lanzarote contamos con servicios municipales gratuitos destinados a soltar el lastre que sobra en casa, lavadora, tresillo desfasado…, y nada, mejor donde y cuando me de la gana boto los desechos. Una buena multa hasta el fondo y a ver qué pasaba.
Gustosa reflexión la suya.
Miguel H.
16:58 | 21 Septiembre 2006 | Permalink
En Suiza acaban de aprobar una ley por la que no se podrá circular en ese pais a más de ochenta kilómetros por hora. Han oído bien. ¿Se imaginan que se hiciera una ley similar aquí? Habría hasta manifestaciones en contra. Educar es una cosa que no se consigue en un par de días, ni en un par de semanas… ni siquiera en un par de años. La educación es un proceso muy largo que debe empezar desde nuestra más tierna infancia. Si papá no se pone el cinto nunca, grita a los otros conductores, va a toda leche… ¿cómo creen que puede una campaña cualquiera, veinte años después, luchar contra ese aprendizaje previo?
En realidad todos los conductores ya vamos muy educados… la cuestión es que se trata de una educación más bien mala. Y vete a cambiarla ahora.
La Opinión de Lanzarote » Promoción y actuación, contra la cultura del volador
11:36 | 28 Septiembre 2006 | Permalink
[…] Reflexionaba Luis Arencibia la semana pasada en este blog sobre el sinsentido de las ya tradicionales campañas dedicadas a promocionar determinados comportamientos. Se centró en los coches, en los anuncios de la Dirección General de Tráfico o en los que en Arrecife se centraron en la Medular. Coincido con él en que, por regla general, estas campañas resultan un brindis al sol, fotografías y atención mediática mediante, y que en buena medida, interpreté, esas promociones son más un fin en sí mismas que un medio que fomente un cambio. […]
La Opinión de Lanzarote » Un nuevo parque eólico
12:58 | 12 Junio 2007 | Permalink
[…] a un lado las campañas, que ya se sabe para lo que valen, la propuesta del segundo parque resultaría razonable si se […]