Miércoles, 20 de Septiembre de 2006

El comodín de las campañas educativas

Luis Arencibia Verdú

Hace algunas navidades el ayuntamiento de Arrecife colocó en varios lugares estratégicos de la ciudad coches reducidos a chatarra, en lo que se suponía una campaña de educación vial para concienciar a la población acerca de los peligros de la mezcla de alcohol y volante. La idea, por simple y directa, parecía buena: poner a los conductores ante las posibles consecuencias de sus actos, si no se abstenían de hacer lo que repetidamente venían haciendo en masa durante fechas tan entrañables. Esto es, conducir borrachos.

Supongo que hasta a los más reacios a este tipo de ideas tan originales, aquello no les pareció del todo mal porque, en primer lugar, ya era hora de que el consistorio capitalino se escurriese un poco la sesera y, por otra parte, algo habría que hacer para intentar concienciarnos al respecto. Aunque el problema no mejorase significativamente respecto a años anteriores, probablemente a alguno aquella imagen le daría que pensar, actuando luego en consecuencia. Y quien sabe si sería justamente ese el que se fuese a llevar a un inocente peatón por delante…

Frente a tan benévolos juicios, propongo una reflexión: ¿en qué medida le afectó a usted la campaña?, ¿en qué medida influyó en lo que sentía, pensaba e hizo posteriormente al respecto? Al menos a mí me resulta evidente que quien reflexionó sobre ello –aunque fuera durante unos segundos– y lo tuvo en cuenta en la noche de autos, ya estaba más que concienciado de antemano. Y ninguna campaña concienciadora le hacía falta.

No es que el ayuntamiento esté a la cola, también, en este asunto. El desarrollo de campañas educativas y concienciadoras, tan del gusto de todas las administraciones, es una de las maneras más temerarias –y mejor vistas– de manejar fondos públicos. No es sólo que tengan, en la mayoría de los casos, escasísimos resultados –que no justificarían en ningún caso la inversión realizada–, sino que prácticamente nunca, y sin el casi cuando se trata de pequeñas administraciones, se realizan estudios mínimamente creíbles acerca de la eficacia de las acciones emprendidas. Además, cuando los resultados son mediocres, bien se cuidan los responsables de no publicitarlos.

Esta falta de escrúpulos en el manejo de los dineros públicos, unida a la idea –mayoritariamente aceptada pero falsa– de que siempre es mejor hacer algo que no hacer nada, hacen que se emprendan constantemente costosas campañas de dudosa eficacia, que más que aumentar nuestro civismo o concienciación, parecen estar al servicio del autobombo de los responsables de llevarlas a cabo.

Frente al mito de que actualmente la publicidad –incluida la publicidad de las instituciones públicas– maneja nuestras vidas y puede hacernos replantear hasta nuestros hábitos más arraigados, sólo hay que hacer un recorrido memorístico por las diferentes estrategias que ha puesto en marcha la DGT para intentar rebajar el número de muertos en la carretera. En determinado momento, apeló a nuestra solidaridad; en otro, a nuestro miedo; en otro, a nuestro amor por los seres queridos… ¿Se trataría de una estrategia calculada de antemano? ¿O, simplemente, de un recorrido algo errático en busca de resultados que nunca acaban de llegar? Creo que lo más realista es suponer lo segundo.

Los publicistas saben perfectamente que el resultado de cualquier campaña es, por encima de todo, incierto. Y peor color tendrá encima la cosa si lo que se pretende vender no es acorde con las necesidades del destinatario sino, todo lo contrario, supone un esfuerzo o una molestia. En ese caso, sólo hay una estrategia educativa de demostrada eficacia, que es la imposición de sanciones, llámense pérdida de puntos, multas o amenazas de prisión.